Pocas trayectorias tan inquietantes y desconcertantes se nos vienen a la cabeza en la historia de la música popular, si es que asoma por la memoria alguna, como la de Tanita Tikaram, aquella cantautora británica pero de nacimiento en Alemania y ancestros malasios que conmocionó al mundo y sacudió las listas de ventas con apenas 18 años para no volver a revivir jamás, ni lejanamente, semejantes laureles. La muchacha tímida, atormentada y fascinante que en 1988 nos abrió la caja de los truenos de su corazón con Ancient heart afronta ahora un décimo álbum que se ha demorado casi una década con respecto a su antecesor, el medio jazzístico Closer to the people (2016), y que con casi toda seguridad tampoco reverdecerá los aplausos de antaño. Aunque eso casi es lo de menos, porque este LIAR es un disco denso, poético, profundo y precioso, más allá de que su escucha no resulte ni instantánea ni sencilla.
Tikaram transita ahora por la plenitud de sus 55 años y ha presentado Love isn’t a right como una «secuela» de su magna obra inaugural, por más que los paralelismos no sean evidentes, sino en todo caso discutibles. Sobre el papel, aquel primer álbum que incluía Cathedral song, Twist in my sobriety o Good tradition (incidimos en nuestra perplejidad: ¡18 años!) era un reflejo de los desasosiegos de su firmante con el entorno familiar, mientras que esta otra cara de la moneda testimoniaría, casi cuatro décadas después, las discrepancias de la autora con un mundo cada vez más hostil y exasperante. Podemos ver ambos trabajos como el haz y el envés, si se quiere, pero las diferencias estilísticas entorpecen que la asociación entre los dos discos prenda en nuestra memoria. Porque LIAR puede presentar, en efecto, contenidos más sociales y políticos de lo que es habitual en TT, pero también opta por una profundidad casi tenebrosa en la escritura que no encaja bien con el recuerdo que mantenemos vivo en la memoria si pensamos en maravillas postadolescentes como He likes the sun o World outside your window.
Tanita conserva, eso sí, esa voz áspera y casi ronca que siempre la ha hecho característica e inconfundible, aunque ahora parece romperse y volverse volátil en las escasas incursiones agudas, como en ese emocionantísimo y frágil I see a morning con el que la artista rinde homenaje a George Floyd, aquel hombre negro asesinado en Minneapolis en 2020 por un policía blanco que le oprimió el cuello durante más de nueve minutos. A Tikaram no le importa sonar atribulada y hasta imprecisa en una pieza tan emotiva que cuesta digerirla. Y que marca tendencia en un álbum muy definido sonoramente por la confluencia del violín de Helen O’Hara y el violonchelo de Zosia Jagodzinska, un tándem que envuelve de drama y lirismo toda la obra.
Por esos senderos hondamente emocionales transita este LIAR, un álbum que aporta ocho originales de Tikaram y dos versiones muy singulares: la del tema central, obra de la compositora y poeta Molly Drake (la mamá de Nick Drake, en efecto), y ese impresionante Wild is the wind que siempre asociaremos a Nina Simone y David Bowie, aunque la lectura que ahora nos ocupa es tan sentida, pausada y temperamental que bien merecería incorporarse a una terna de la excelencia. En cuanto a las páginas de puño y letra, Turn the lights down low aporta una sutil e interesantísima entretela latina, Fais moi la solitude juega a los intercambios lingüísticos hasta casi generar un lenguaje propio y This perfect friend presenta su candidatura a gran éxito del pop barroco. Con un resultado precioso al que, por ahora, no parece prestarle mucha atención nadie.
Queda así consolidada la condición de nuestra icónica sacerdotisa como rareza considerable, maravilloso bicho raro que aúna la lírica, el desafío queer, la militancia social y una sensibilidad musical casi camerística. Todo a unos cuantos años luz de las listas de éxitos. Todo, también, profundamente fascinante.