A la venerable progenitora de los hermanos Chris y Rich Robinson la imaginamos atravesando un momento de particular alivio y plenitud en sus relaciones maternofiliales. Después del prolongado encontronazo entre sus retoños, que pasaron más de una década a la gresca, deseándose lo peor y formulando recíprocos deseos no precisamente halagadores, los fundadores de The Black Crowes encontraron hace un par de años el punto de inflexión en sus ásperas disputas para registrar el estupendo Happiness bastards (2024), y la experiencia ha debido de resultar lo bastante alentadora como para que en menos de dos años hayan encontrado tiempo, fuerzas, inspiración y sintonía suficientes en la manufactura de una nueva entrega para el historial de estos Cuervos negrísimos, desafiantes y aficionados a los vuelos de altura. Todo sea por darle gusto a la mamá, aunque parece evidente que unos cuantos cientos de miles de seguidores, habituados ya a la prudencia extrema y hasta el escepticismo, se sienten destinatarios de un regalo ya del todo inesperado.

Maticemos, eso sí. Todo lo que en Happiness… representaba la vuelta a las andadas y el regreso al chisporroteo y las buenas costumbres ahora cobra una cierta apariencia de integrarse en los quehaceres del día a día. A pound of feathers cruje y crepita, sin duda, pero no acaba de sacudirse casi nunca la sensación de que surge a rebufo de su antecesor, y hasta puede que bajo los parámetros de las leyes de la inercia. Porque todo es tan expeditivo e irrebatible como medido en términos de eficacia y solvencia.

Los Robinson saben de qué va el negocio y cómo se alborota la circulación sanguínea, pero a ratos parecen actuar como aquellos expertos en el cubo de Rubik que unificaban los colores en cada cara a partir de movimientos mecánicos que no requerían ni prestarle atención al cacharro. Contaban pasos como el quien lleva el cómputo de rezos en el rosario, y al cabo de unos minutos soltaban con insolencia el juguete en lo ancho de la mesilla.

Con Rich y Chris se corre el peligro de percibir una vibración pareja a aquella. Lo hacen todo tan bien que no necesitan ni mirar a los trastes de la guitarra, pero la historia del rock precisa a gritos de corazonadas, vuelcos, arrebatos, chispazos y derrapes, de movimientos fuera de frenada, para que el vértigo vuelva a apoderarse de nuestras gargantas y estómagos. Y A pound of feathers, aun sonando fenomenal y dejando muy buen sabor en las pupilas gustativas, no acaba de sacudirse a veces la sensación de que sus firmantes son capaces de completar estas páginas sin bajarse del autobús, como el pichichi clásico que daba por descontados el par de goles por la escuadra de cada domingo. Y esto no funciona así. El rock nunca se las ha dado de innovador, pero sí precisa de que sus prebostes nos expongan a un cierto peligro de electrocución.

A falta de que el verano nos traiga al completo Foreign tongues, el nuevo álbum de los Stones (otros que también han optado por pisar el acelerador antes de que el reloj se torne definitivamente indecoroso), A pound of feathers sí que aspira al menos al reconocimiento como lo más stoniano que ha dado la primera mitad de este 2026 atribulado e incierto. Prophane prophecy o It’s like that, en particular, reverdecen los patrones y laureles de los años más grunge y noventeros, mientras que a las baladas-incontestables-de-toda-la-vida (Pharmacy chronicles) se le suman ahora intentos por sonar más eclécticos cuando baja la velocidad, sobre todo a partir de ese violín que lloriquea en High and lonesome. Y siempre queda afilar el colmillo o bien a través de las sustancias nunca recomendadas por las autoridades sanitarias (Doomsday doggerel) o del desmadre rejuvenedor y medio punki con el que nos sorprende Do the parasite! Es posible que ninguna de estas 11 canciones encuentre acomodo en algún pliegue de tu memoria, pero mientras asumimos el umbral de la amnesia debe reconfortarnos el placer del carpe diem.

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