Como punto de partida, una constatación básica a partir de la que extraer el resto de conclusiones: Heartbeat city era y sigue siendo una barbaridad. Venían The Cars de haber perdido un tanto el pulso y hasta el punto de mira con el titubeante Shake it up (1981), y de cara a su quinta entrega decidieron de manera evidente apretar los puños, elevar los niveles de autoexigencia, conjurarse para alcanzar los mayores niveles de exquisitez e incluso encomendarse a un productor de postín, Robert “Mutt” Lange, obsesivo hasta niveles enfermizos pero en condiciones de que nadie le rechistase después de que hubiese estampado su firma (y evidente influjo) en varios éxitos colosales, en particular Pyromania (Def Leppard) y 4, de Foreigner. Todos estos factores no tendrían que conducir indefectiblemente al éxito, pero aconteció la ansiada alineación de planetas y aquella Ciudad del latido se erigió en uno de los álbumes más influyentes, encantadores e intachables de la década.
Por todo ello este tratamiento deluxe, cuatro décadas (y un año) después, sirve como incontestable acto de justicia, e invitación a redescubrir una obra tan capital como irrepetible: de cara la secuela, Door to door (1987), la comunicación entre Ric Ocasek y los suyos ya hacía agua, y ni la trayectoria solista del genio lánguido ni la entrañable reunificación tardía con Move like this (2011) alcanzaron el estado de gracia de estos 10 cortes ahora amplificados con caras B, rarezas, versiones primerizas, mezclas alternativas y un concierto (conciertazo) de 75 minutos que hace aquí su debut absoluto en formato digital. A Ocasek, que nos dijo adiós ya en 2019, le habría encantado saberse tratado con tanta y tan merecida exquisitez.
El formato es adorable, una caja con cuatro cedés que además incorpora la versión en vinilo del álbum original, el mismo diseño que Rhino/Warner ya ha aplicado con impecable finura a las reediciones de los tres discos más importantes de Yes, The Yes album (1970), Fragile (1971) y, evidentemente, Close to the edge (1972). La ocasión bien lo merece, a poco que reparemos en el asombroso detalle de que seis de los 10 cortes originales merecieron la condición de singles. Pero lo más sabroso llega con el cuarto disco, un concierto íntegro registrado el 11 de septiembre de 1984 en Houston que solo había visto la luz como VHS (¡y Laserdisc!) y que además incorpora dos temas omitidos en aquellos formatos inencontrables, Candy-O y My best friend’s girl. En un trabajo tan sobreproducido (en este caso, y por una vez, para bien) como Heartbeat city podríamos sospechar que la puesta en escena resultara desangelada o endeble, pero es evidente que The Cars lucían una carrocería impecable seis meses después de haber lanzado su obra maestra.
Los buenos aficionados sabrían bien de la existencia de Breakaway, soberbia cara B que en su día quedó opacada en el 7 pulgadas de Why can’t I have you?, el ¡quinto! sencillo del álbum. Ocasek brilla en altísimas cotas de su sabiduría como autor, pero puede que las poco oblicuas referencias a la heroína en la letra le influyeran a la hora de sepultar esa pequeña obra maestra en un lugar tan modesto, más bien clandestino. Pero las glándulas salivares también se activan con rarezas manifiestas como Stranger eyes o Jacki, que no es sino la versión primeriza de la propia Heartbeat city. Y no digamos con los diferentes asaltos a Shooting for you, con el bajista (Benjamin Orr) como voz principal. La pieza ya en su día había sido un descarte de Panorama (1980), el tercer elepé de la banda, y en esta ocasión tampoco logró superar el elevadísimo listón de las exigencias en vigor. Los más sagaces recordarán que Ocasek terminaría regalando la malhadada canción a Alan Vega, líder de Suicide, para su desdichado disco en solitario Just a million dreams (1985).
Que nadie se pierda, por lo demás, el formato maquetero original de Drive, una de las canciones más icónicas de la década. Descubriremos aquí que su espigado y delgadísimo creador la concibió con ritmo de bossa nova «que sonara un poco a Elvis», una circunstancia que fue mudando en cuanto el propio Benjamin Orr se hizo con la voz principal. En el apasionante relato del libreto se detalla cómo el grupo se pasó días y días añadiendo capas de voz al original mientras el implacable productor Lange les repetía una y otra vez: «¡Más aire, más aire!». El resultado es historia: una de las baladas más etéreas, soñadoras y hermosas que nos viene a la cabeza.