Candidatos evidentes desde ahora mismo a la distinción honorífica como banda revelación del año, The Sophs son un sexteto afincado en Los Ángeles que enarbola banderas conocidas pero atractivas y absolutamente reivindicables: la electricidad, la mordacidad, el gancho y el desparpajo, ese descaro que solo pueden materializar unos veinteañeros con los cerebros en ebullición, la vida en modo palpitante y la autocensura como concepto no ya inasumible, sino perfectamente ignorado. Goldstar es un muy prometedor primer álbum que no descubre nada pero estimula mucho, y que coloca a sus artífices en disposición de erigirse en algo parecido a los nuevos Strokes, solo que en la Costa Oeste.
Hablábamos de mordacidad, pero quizá deberíamos apelar al concepto mismo de mala baba. Solo a partir de esas premisas pueden nacer canciones como Death in the family, un tiempo medio arrastrado y provocador: “Necesito una muerte en la familia para pasar página. Necesito que entiendan que he aprendido cuál es mi lugar. ¿De qué sirve expiar los pecados? Necesito una intervención divina para eliminar mis cicatrices”. Al frente del cotarro, en funciones de cabecilla, cantante y compositor, encontramos a un muchacho menudo, de pelo enmarañado y cara de malote, que se llama Ethan Ramon. O, más bien, Ethan “Ramón”; así, a la española. Asómbrense con el testimonio: “Mi mamá era muy fan de los Ramones. Y no solo. En la famosa canción de Jackson Browne Take it easy, cuando menciona una chica de Tucson, Arizona, ¡era ella! O al menos, eso han insistido siempre en contarme mis padres. Además de los Ramones, a mamá le encantaba el disco de Paul McCartney Ram, más en concreto la canción Ram On, así que mi nombre tiene una connotación más musical que cultural”.
Ramon, con o sin tilde, encaja en el paradigma de quien ha aprendido a desarrollar su personalidad hasta convertirse en personaje. Las sospechas se confirman si atendemos a hallazgos como Home, un corte en el que detalla su vida en alquiler durante un par de años en un apartamento de Los Ángeles, junto a dos de sus compañeros de grupo. Y en el que explicita: “El moho en el pan, las arañas en la pared, el pelo en el desagüe. Esos detalles son profundamente personales para mí”. Son singularidades que se acentúan ante el descubrimiento de que el propio nombre de la formación, Sophs, es un término que ni siquiera aparece en el diccionario. Podría parecer una abreviatura para sophomores, los alumnos de segundo curso universitario en inglés estadounidense, pero qué va. “Es un nombre totalmente arbitrario”, desliza Ramon. “No significa nada. Solo quería estar en una banda que fuera algo plural. El nombre simplemente surgió de la nada, y eso fue todo. Así que… sí, en realidad no representa ni significa nada de nada”.
Son estrafalarios, chillones, revoltosos y, después de todo, buenos mozos con las cabezas bien amuebladas. Todo avala esa convicción de que las 10 canciones de Goldstar son una “plasmación honesta”, en palabras de Ethan, del momento en que se encontraban al escribirlas. Pero mientras sigan existiendo, tienen toda la intención –y las trazas– de seguir mejorando. Lo comprobaremos y celebraremos, ojalá, en cuestión de un par de años.