Tres décadas largas después de su fabulosa irrupción como solista con aquel inolvidable Little earthquakes (1992), pocos podrían prever que la ya sexagenaria Myra Ellen Amos siguiera atesorando tantas notas entre sus dedos y tan imperiosa necesidad de expandirlas. A la altura de su ¡decimooctavo! álbum, Amos no solo se permite el lujo de entregar uno de los discos más intensos, hermosos, elaborados y deslumbrantes de toda su trayectoria, sino que además se lanza a la aventura de un elepé doble (en plena era del consumo frugal y compulsivo), de carácter conceptual y con una carga de profundidad política como ni siquiera ella, artista concienciada y alérgica a las medias tintas, había imprimido nunca en estos casi 35 años. Con la única posible excepción, en todo caso, de American doll posse, su noveno título, allá por 2007.
A lo largo de estos 17 cortes –que merecen sobradamente una hora y cuarto de escucha atenta, a ser posible con el libreto y las letras entre las manos–, Amos se imagina como la protagonista de una huida, tan real como mítica y metafórica, de un personaje detestable y multimillonario al que conoceremos como Demonio Lagarto (The Lizard Lemon). Vivimos, en efecto, inmersos en “Tiempos de dragones”, y no es difícil contextualizar que ese tipo rancio, pegajoso, repelente y sumamente adinerado se parece bastante al actual inquilino de la Casa Blanca. Todo adquiere así aire de viaje y opereta, de aventura liberadora y redentora en tiempos opresivos y muy poco embaucadores.
Pero Tori tiene capacidad no solo para el relato más o menos figurado y literario, sino también para la pantomima y la autoparodia: el personaje de The Daughter lo encarna, en efecto, la hija de la propia artista, la cada vez más embaucadora (y heredera, también en lo musical) Natashya Lórien Hawley. Y aún es más llamativo que en el primer corte, el obsesivo, mítico y trascendental Shush, la relatora acabe deslizando hacia el final una frase lapidaria: “Conocí a la chica que escribió Silent all these years”. En efecto, el primer sencillo de aquel primer álbum, una suerte de canción-franquicia que, más de 200 canciones después, la pelirroja parece resignarse a no superar nunca, al menos en cuanto a impacto popular.
Amos exhibe ahora una tesitura vocal perceptiblemente más grave que en aquellos tiempos de iniciación al pop enjundioso, pero la temperatura de sus interpretaciones sigue resultando teatral y muy emocionante. Y la muy plausible sensación de que todo el álbum se habrá compuesto al piano otorga empaque a la grabación, un cierto clasicismo y ese barniz de redención y esperanza que tan emotivo hace al discurso (St. Teresa, Gasoline girs, Strawberry moon…).
Llegados al segundo elepé, el cancionero se vuelve más templado y camerístico, como de una belleza menos mercurial pero del todo seductora y complementaria. Hay tormentas y turbulencias que esquivar (Tempest), pero también un puerto acogedor que nos acaba abrazando (Stronger together) y un epílogo desnudísimo, 23 peaks, con el que la persona y el personaje, tanto Tori como Amos, acaban esbozando un mensaje de agradecimiento colectivo. Una lección colosal para jóvenes autores en ciernes.
Seamos serios y digamos la verdad: Tori Amos es una de las mejores artistas de las últimas décadas. Pero las musas se fueron hace muuuuuuucho tiempo.
Saludos
No digas disparates y escucha con atención y sin prejuicios el magno álbum, el mejor de su gloriosa carrera para mí, que soy su fan número uno.