Para estar hablando de un debut discográfico, hay en este primer álbum de Tyler Ballgame (nombre real, Tyler Perry) toda la expectación de los grandes acontecimientos. No es para menos: confluye un repertorio enorme y atemporal, un repertorio rabiosamente analógico que aflora en 2026 pero parece concebido e interpretado antes de 1975, con la certeza de que nos encontramos ante una personalidad singular, frágil, atormentada, vulnerable, noble y, en último extremo, enternecedora. Y no, Tyler ni siquiera es un chiquillo. A sus casi 35 años, ha tenido tiempo no ya solo de vivir, sino de sufrir las suficientes heridas, puñaladas y quebrantos como para que en su escritura afloren abrumadores indicios de un talento dolorido.
Nacido en Nueva Inglaterra, donde creció en un humilde sótano bajo el abrigo materno, el talentoso Ballgame acabó asomando por el muy ilustre Berklee College of Music, donde habría aprendido muchísimo de no ser porque su querencia por fumar marihuana y hacer pellas le descarrilaron del buen camino. La pandemia acabó de ensombrecerle el carácter y agitar el consumo de antidepresivos, pero su verborrea le permitió obtener un puesto de trabajo en una inmobiliaria de Los Ángeles y frecuentar esos típicos entornos nocturnos para eternos aspirantes, desde noches de micros abiertos a bandas de versiones. Y fue una de ellas, la de Crying (Roy Orbison), la que acabaría propiciando que volaran las noticias: aquel muchachote era dueño de una voz abrumadora y sería un pecado desperdiciar un potencial tan inequívocamente apabullante.
Las tareas de padrinazgo acabaron recayendo en Jonathan Rado (Foxygen), un sabio con olfato de sabueso en cuyos currículo figuran desde Father John Misty a Miley Cyrus. En compañía de un segundo productor, Ryan Pollie (de la banda Los Angeles Police Department), se pusieron a disposición de Tyler y le animaron a que desarrollara todo ese potencial de artista acongojado, visceral y afligido que parece dispuesto a desmadejarse frente al micrófono como un Elvis Presley melodramático en su reverdecer tardío de los primeros años setenta. Con una peculiaridad: aquel exalumno malogrado de la más prestigiosa universidad musical del mundo se encerró en el cuarto a dar forma a un repertorio de genuino cortavenas y salió con las 12 flamantes páginas que dan forma a este For the first time, again en cosa de poco más de un mes.
El ascendente de Orbison y Elvis es evidente en gran parte de este álbum, a la manera de un nuevo Orville Peck desenmascarado, y esos pomposos coros en You’re not my baby tonight son bien elocuentes al respecto. Pero la afectación melodramática de Harry Nilsson, e incluso el pellizco de crudo cinismo que asociamos con Randy Newman afloran por aquí y allá, desde la orgullosamente amarga Got a new car hasta ese colofón glorioso y colmado de metales que es Waiting so long. Y todo ello sin renunciar a las pinceladas de yacht rock que agrandan su tema acaso más meteórico, Matter of taste, con ese punto de despecho de quien parece decirle a la persona amada y no correspondida: tú te lo pierdes.
Que no nos pase lo mismo a nosotros. No caben el desapego ni los oídos sordos cuando Ballgame se desangra ante nuestras narices con Goodbye my love, una de esas baladas que parecen un tutorial para la posteridad sobre el uso del falsete. Ni a la hora de abordar la otra cara de la moneda, ese I believe in love para el que Tyler ensancha los pulmones y refrenda su condición de tío grande. Bienvenidos a la primera gran lección de carisma de la temporada.