Todo transcurre bajo los parámetros de la combustión lenta en el universo de Ye Vagabonds, una banda instalada en un bellísimo y brumoso paisaje acústico donde el tiempo se ralentiza y el mundo se vuelve un lugar más amable y merecedor de nuestro agradecimiento. Recuperar la fe en la melodía, los arpegios, las armonías vocales y la serenidad solo podía ser cosa de irlandeses, y los hermanos Brian y Diamuid Mac Gloinn forman parte de esa nueva y flamante generación de jóvenes que desde la Isla Esmeralda siguen agrandando la leyenda de uno de los países que mayor prosperidad musical ha demostrado a lo largo de la historia en todo el mapamundi.
Los Mac Gloinn provienen de Carlow, una ciudad pequeñita en el sur irlandés, y se curtieron desde la primerísima juventud como músicos callejeros, aprendiendo a fundir voces y entretejer guitarras acústicas como solo se consigue a la fresca y a lo largo de muchos centenares de horas, penurias y sorpresas. Alineados en la misma liga de Lankum o caroline, otras dos bandas fabulosas y adorables de la nueva hornada (y con las que incluso han compartido ocasionalmente productor en la figura de John “Spud” Murphy), el tándem extiende su apostolado del sosiego a lo largo de un cuarto álbum que rezuma emoción, sobre todo a partir de la nostalgia y los sentimientos de pérdida. Un disco de historias hermosas; tristes pero alentadoras, envueltas en piezas musicales desnudas, pausadas y lindísimas.
Los tiempos de la música al relente y en lo ancho de la calle se evocan en la inaugural On Sitric Road, donde Brian y Diamuid retratan el trasiego de “adolescentes problemáticos y drag queens” y hasta mencionan “noches en las que cantábamos a John Prine hasta el amanecer”. Salvo en casos como la algo más agitada The flood, las percusiones son casi inexistentes a lo largo de estas 12 piezas, urdidas en Galway (noroeste irlandés) bajo la tutela del productor neoyorquino Philip Weinrobe (que ha producido a Adrianne Lenker en solitario, ahí es nada) y con aliados como los multiinstrumentistas Shahzad Ismaily y Sam Amidon, dos de esos tipos que consiguen que cualquier pieza musical suene más cálida y afable.
No hay corte endeble en la selección, pero sí momentos de excelencia desbocada, como en las andanzas de ese luchador por la supervivencia que retrata Danny, el adorable toque campestre de Long grass, la excelencia guitarrística de Cuckoo storm o la sutil reminiscencia a Graham Nash que puede evocarnos Four walls. Cala All tied together como el orvallo, esa lluvia fina norteña que no parece nada aparatosa pero acaba empapándonos hasta los huesos. Por eso cada nueva escucha de esta preciosidad se disfruta más que la anterior.