La historia es tan hermosa y fascinante que podría parecer inverosímil, de no ser porque esta misma grabación constituye la prueba irrefutable de que sucedió. Ahora sabemos con toda certeza que Barbra Streisand iba a desembarcar en las tiendas de discos con un trabajo bien distinto a aquel mítico The Barbra Streisand album con el que acabaría deslumbrando a medio mundo en 1963 (para no dejar de hacerlo ya durante estos siguientes 59 años). Pues bien, la intención original era muy otra. Y ahora estaríamos contando la historia de esta gran dama con matices enormemente diferenciados.

 

Días 5, 6 y 7 de noviembre de 1962. Columbia acaba de fichar a aquel jovencísimo prodigio neoyorquino y sus mentes pensantes llegan a la conclusión de que nada reflejaría mejor el temperamento escénico y poderío vocal de la nueva artista que un álbum en vivo. La idea era muy buena, pero el resultado de la grabación en el Bon Soir, un espacio angosto y tenebroso, dejó mucho que desear a oídos de los directivos discográficos y de la propia cantante. 11 de las 24 composiciones que sonaron aquellas noches en aquel sótano, de escasa iluminación entre las mesas y una poderosa luz cenital sobre el centro del escenario, serían objeto de una lujosa grabación en estudio, ya con un generoso presupuesto de 18.000 dólares sobre la mesa y los rutilantes arreglos musicales de Peter Matz. Aplazar un año el estreno discográfico no fue mala decisión, a tenor de los tres Grammys (más otras dos candidaturas) conquistados por nuestra protagonista a las primeras de cambio.

 

¿Era mejor el disco definitivo del 63 que el pretendido y descartado del 62? Casi seguro que sí. Pero el rescate de aquellas grabaciones originales, orilladas y casi olvidadas durante exactamente seis décadas, produce la excitación propia de los grandes acontecimientos fonográficos. El material primigenio, capturado de manera tosca con tres micrófonos, se beneficia ahora de un proceso minucioso de restauración y es, en una sola palabra, excitante. Quizá el disco que se hubiera publicado hace 60 años tuviese un sonido mediocre, embarullado o deficitario, pero el que ahora descubrimos y queda fijado para la posteridad representa una experiencia cruda, palpitante e inmersiva. Sí, durante casi 70 minutos podemos sentirnos transportados a aquel club subterráneo en el que Barbra, con solo 20 años, ya desparrama su inusitado poderío vocal al frente de un cuarteto de músicos curtido y espléndido.

 

Streisand era de aquella tan joven y emergente que el ejecutivo de Columbia encargado de la presentación, David Kapralik, pronuncia su apellido por dos veces de manera incorrecta. A fin de cuentas, hablamos de una muchacha recién salida del cascarón, que todavía no anhelaba tanto una carrera musical como escénica y que solo se puso a cantar en serio a partir de la insistencia de quienes la convencieron para participar en un concurso en otro club cercano (y mucho más diminuto), el Lion, que ofrecía cena gratis a los participantes y 50 dólares al ganador. Nuestra Barbara Joan Streisand se embolsó aquella cantidad, evidentemente, y apenas dos años más tarde estaba registrando su primera gran versión de Happy days are here again. Aunque hayamos tardado 12 lustros en conocer la historia con detalle.

 

Este Bon Soir es más agreste que refinado. Prevalece a menudo la fiereza sobre el matiz. Y en esa excitación no siempre controlada, en sus pasajes más desaforados, radica gran parte de su interés, y no digamos ya de su encanto. Barbra es elegante y sinuosa con un clásico de las dimensiones de Cry me a river, pero no le importa embalarse con travesuras como Come to the supermarket (in Old Peking) o confluir sin imaginarlo con el catálogo de los Beatles al afrontar A taste of honey, que los de Liverpool incluirían pocos meses más tarde en su primer elepé, Please please me. Incluso adivinamos ya el poder magnético de I stayed too long at the fair, que la neoyorquina relegaría hasta The second Barbra Streisand album pero que aquí, en aquellas crudas noches de otoño, ya podía dejarnos desmadejados.

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