Hay días, y no son extraños, en que me da por concederme monográficos intensivos de Dylan. Quizá a ti te suceda también: conozco más casos. Es lo menos, siendo don Roberto quien es y resultando tan inabarcable su discografía oficial, más aún desde que le dio por complementarla con esa jubilosa pedrea de los bootlegs (algunos, mejores que sus trabajos de referencia, según opinión extendida y compartida). Que duren los rituales y las panzadas, la militancia de la palabra con sustancia y la trascendencia intergeneracional: todos hemos escuchado alguna vez a Zimmerman también como una manera de lamernos las heridas. ¿O no? En las retrospectivas caseras solo suelo orillar su reciente fase de antiguallas de Sinatra y el tin pan alley, a la que lleva ya consagrados ¡cinco discos! y que figura entre lo menos mollar de toda su trayectoria, solo por detrás de su álbum de villancicos y algún gatillazo tardío en los ochenta. Sin embargo, las obras malditas, como tantas otras veces, sí aparecen incluidas en mis oraciones. Todo ello, para explicar que me apeteciera reivindicar este Under the red sky, que aparece en todas las listas de obras menores, o fallidas, o frustrantes. Quizá porque la producción de Don Was empalidecía frente a la de Daniel Lanois, pero… ¿de verdad que no nos gusta Don Was? O porque Wiggle wiggle puede pasar, honestamente, por una apertura algo tontorrona, pero ¿no nos ha dado tiempo a llegar a TV Talkin’ song o a 2×2? ¿Y qué decir de ese fulgurante blues de cierre, Cat’s in the well? ¿O de la contagiosa Handy dandy? Estamos ante un trabajo ligero, quizás intrascendente, del que no queda ninguna huella indeleble para el catálogo. Pero nos reconciliaremos con él a cada escucha. Entronca con esa fascinación inevitable que despiertan los renglones torcidos; por eso, suelo salpimentar su escucha con las de Dylan (1973), Shot of love (1981) y hasta Down in the Groove (1988), aunque este último es más difícil de indultar. Para Triplicate (2017), en cambio, no suele quedar humor. A la próxima, tal vez…

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