No podríamos certificar con exactitud cuándo y dónde fue la primera vez que escuchamos Karma chameleon, pero sí asumimos la promesa solemne de que el enamoramiento fue instantáneo. Queda la tentación, incluso, de proclamar esos cuatro minutos y pocos segundos como la fórmula magistral de la canción perfecta. Por una vez, el clamoroso número uno en medio mundo era un elemental acto de justicia: todo encaja, nada sobra, cada nuevo ingrediente fascina. Esa armónica juguetona, la construcción de estrofa en dos mitades para llegar al memorable estribillo, ese puente breve y fantástico (“Every day is like survivaaaal…”) que de pronto ilumina todo. Es un engranaje fantástico. Tanto, que, muchos cientos de escuchas después, aún nos sigue embargando el asombro.

 

Pero no nos equivoquemos. Ni el cuarteto londinense provenía de la nada ni el karma camaleónico eclipsaba el resto de contenidos de un álbum en estado de gracia, capaz de superar el peso de las décadas sin que, como tantos otros trabajos coetáneos, nos rechine la producción o sonriamos por mero efecto reflejo de la melancolía. Boy George y los suyos habían debutado solo un año antes con Kissing to be clever, donde ya aparecía otra de esas canciones inmortales de la factoría, Do you really want to hurt me. Pero aquí todo era aún más feliz, boyante, contagioso, desmesurado, alérgico a los corsés.

 

George era un chico-chica blanco que encontraba la horma de su zapato en esa descomunal voz negra de Helen Terry a lo largo de muchas de las canciones. El tándem hacía buenas migas tanto en los momentos de funk flamígero (Church of the poison mind) como en la balada de corazón sangrante, en el caso de That’s the way (I’m only trying to help you). Pero Boy también podía abordar el pop para las pistas de baile, desde Miss me blind It’s a miracle, otros dos ejemplos de canciones para diseccionar en una academia de compositores. E incluso tenía el valor de echar el cierre con una balada conmovedora, Victims, que resistía frente al brillo cegador de tanto exitazo.

 

Pocos supieron leer el signo de los tiempos con tanta lucidez como Culture Club, infalibles en aquel 1983 también a la hora de suministrar vídeos inolvidables a la MTV. Solo Stormkeeper parecía haberse colado como relleno. Y nadie hizo tanto por normalizar la diversidad como Boy George, en un momento en que no existían las siglas LGTBI y tampoco se nos había ocurrido aún la expresión “no binario”. Con él no sabíamos muy bien si pensar en masculino o femenino, pero nos encantaba. Guapísima o guapísimo, pero brillante como encontraremos pocos ejemplos en aquella generación.

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