El potencial evocador de la música es tan poderoso que incluso puede sugerirnos tiempos y lugares que ni siquiera hemos llegado a conocer. Algo así sucede con el primer disco de Heron, una banda de folk británico relativamente olvidada que, sin embargo, ahora mismo podría servir como torrente inspirador para docenas de formaciones contemporáneas interesadas en eso que hemos dado en denominar “baja fidelidad” (lo fi). Allá por 1970, Tony Pook (voz), Roy Apps (voz y guitarra) y demás integrantes de este cuarteto de Berkshire decidieron estrenarse en el mundo discográfico llevando sus composiciones y talentos hasta la campiña británica, a algún lugar lo más alejado posible de la civilización. No se trataba, qué va, de localizar algún estudio de grabación en un entorno rural (The Manor, el caserón que pasaría a la historia un par de años después por albergar las grabaciones de Tubular bells, habría sido una candidatura excelente), sino de colocar instrumentos y micrófonos en lo ancho de la pradera y dejar que la música se impregnara en sentido literal del frescor, el aroma de las flores y la brisa de la mañana. Suena pastoril y bucólico, y habrá quien recele del concepto, pero el tiempo ha dado la razón a estos jipis de libro. En Heron se escuchan con nitidez abundantes cantos de pájaros y murmullos naturales de todo tipo, y todo ello inyecta mayor naturalidad y encanto a un repertorio prístino, lindísimo, profundamente cándido, enternecedor y, a la postre, atemporal. En aquel campito en la ribera del Támesis se cimentó la obra de unos tipos que admiraban a la Incredible String Band, pero prescindían de sus digresiones experimentales y se encomendaban a la finura inmaculada de los primeros Simon & Garfunkel. Los jovencitos que se enamoraron ya en el siglo XXI de Kings of Convenience comprenderán que a los noruegos los superaron, tres décadas antes, con la sublime Smiling ladies, la trémula Upon reflection o la pausada y enternecedora Yellow roses. La banda se quedó muy por debajo de lo que merecía, con un segundo LP irregular (Twice as nice & half the price) al que siguieron más de cuatro lustros de disolución. Pero al sabor a césped y a rosas amarillas es, para quien lo haya probado, ya imborrable.

 

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