Hay discos que nos reconcilian con nuestro pasado más remoto. No por mera nostalgia, espero. A veces, repasando este vinilo, me reencuentro con aquel pipiolo que fui, un muchacho absorto frente al aparato de radio, un coleccionista de grabaciones apócrifas y conciertos de acceso imposible en semejantes edades y circunstancias. Claro que yo era un zangolotino cuando descubría Atlantic Monday a través de las ondas, cuando Whistle down the wind (“Out the window / Bring me back my rose I gave away”) se erigía en una magnífica invitación para adentrarnos en los secretos inescrutables del idioma inglés. Una lengua que hoy sigo adorando y con la que me peleo a diario, a veces lindando en la impotencia: la quiero casi tanto como a nuestro castellano, y puede que por eso me hierva la sangre cuando percibo contaminaciones malsanas. Pero estas líneas, a lo que íbamos, debían tratar sobre Nick Heyward. Ya aquel imberbe que fui identificaba a este rubito estiloso, tan soñador en la portada, como el líder efímero de una banda adictiva, Haircut One Hundred. Ya aquel casi chiquillo se emocionaba con Love plus one, tan intrincada y ascendente, con ese bajo que te golpeaba hasta la euforia. Y entonces llegó North of a miracle, primer disco en solitario, y todo encajaba. Me gustó tanto este elepé que ordenaba las canciones como si fueran sencillos. ¿Cómo renunciar a On a Sunday? ¿Cómo resistirse a la melancolía adorable de Blue hat for a blue day? ¿Quién podría contener la agitación de pies asociada a los metales alborotados de Take that situation? Todo ha cambiado de 1983 a estos días, empezando seguramente por nuestro humor. Tampoco Nick Heyward es hoy un rubiales, sino un caballero de gafas de pasta y flequillo entrecano. Pero por North of a miracle, haciendo bueno lo de los milagros, no parecen pasar los años.

 

 

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