Mi primer encuentro con la música de R.E.M. fue a través de este Fables of the reconstruction. Corría 1985, yo escuchaba la radio repantingado en el suelo del salón, con una cinta virgen siempre a punto (acompañar a mi madre a las tiendas de costureras de Pontejos tenía una casete de recompensa, aunque casi nunca TDK, que se salían de presupuesto) y la libreta y el lápiz a mano, y tanto Driver 8 como sobre todo Cant get there from here sonaban con frecuencia en Ciclos, el programa de Vicente Cagiao en Radio Popular. Él acostumbraba a presentarlos como “los nuevos Byrds”, una definición que a mí me seducía y al tiempo intrigaba, porque parece haber más oscuridad en estos surcos que en los de McGuinn, Clark, Crosby y compañía. Supongo que el tenebrismo de Fables… es lo que lo hace tan especial: menos explosivo que sus antecesores, Murmur y Reckoning, muy alejado de los éxitos masivos de otras joyas para el sello IRS, como Document y Green, este tercer álbum se diría condenado a la condición de patito feo, de ese hijo que crece más retraído que el resto de los hermanos. Pero nunca nada es como la primera vez, y descubrir la voz de Michael Stipe elevándose como una oración en Feeling gravitys pull figura entre esas experiencias imposibles de olvidar. El álbum se grabó en Londres, primera singularidad de las varias que encerraba este trabajo: su productor fue, contra pronóstico, Joe Boyd, el inventor de Fairport Convention y Nick Drake, y el título podía leerse como se ha acabado popularizando o también Reconstruction of the fables, en función de cómo se sostuviera la carátula; una ocurrencia deliciosa. La leyenda negra atribuye al cuarteto de Athens cierta desafección por este trabajo, cosa que no es cierta y supondría un recelo disparatado. Ahí están el banjo fantástico para Wendell Gee o esa grandísima canción de amor con nombre de cometa que es Kohoutek. Y el guiño a la tradición británica (aunque el disco es casi conceptual en torno al sur estadounidense) que era Green grow the rushes, título de una celebrada pieza folclórica. Ay, quién pudiera volver a repantingarse en aquel suelo de todas las tardes de radio.

 

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