Nadie con uso de razón allá por 1982 escucharía menos de un millón de veces la canción que daba título a este disco. A mí también me sucedió, claro, y es hoy el día que me sigue pareciendo perfecta: el bajo machacón, el subidón del estribillo, esa especie de coletilla inesperada para el “I can read your mind”… y hasta su introducción instrumental, que cuenta como pieza independiente (“Sirius”) pero en realidad hace las veces de prólogo. Tanto me gustaba que acabé rompiendo el cerdito para aquella casete, que incluía como detalle primoroso un libreto desplegable, en forma de acordeón, con las letras de todas las canciones. Hacía un siglo que no escuchaba el álbum completo, pero -lo comprobé hace poco- en algún recoveco de la memoria aún conservaba hasta el último verso. Algunos cortes hoy suenan pomposos, desfasados, excesivos: “Children of the moon” figuraría ahora en muy pocas selecciones. En cambio, me siguen gustando los temas que cantaba Eric Woolfson, mano derecha de Parsons pero vocalista en teoría endeble. Y no, a mí me agrada su aire tristón y desvalido, que reluce aún más en la épica, extensa y acongojada “Silence and I”. Como disfruto del final con “Old and wise”, colofón a un LP de esos que vendían mucho pero estaban muy bien. Cosas que pasaban antaño, tiempo ha.

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