Encontrar un sucesor adecuado para “Quadrophenia” (1973), epopeya temática, cumbre creativa y, de paso, madre de todos los excesos, debió parecerles una ecuación irresoluble a Daltrey, Townsend, Entwistle y Moon. La respuesta fue el disco más atípico e inclasificable de la banda, el que se aparta de los derroteros, aquel al que no podemos emparentar con ningún otro: una especie de primer álbum adulto que en su momento se recibió con desdén, luego naufragó entre el olvido y la incomprensión y ahora más parece un pequeño prodigio al que debemos desempolvar y otorgar el lustre que siempre mereció. Por primera vez no podemos ver a los Who como unos jovencitos, e incluso es difícil sustraerse a la sensación de que nunca habíamos escuchado tantas guitarras acústicas en sus álbumes y que este a ratos más parece una entrega en solitario de Pete Townsend, atormentado por sus propios excesos alcohólicos (“However much I booze”) o los conflictos derivados de la sexualidad (“Dreaming from the waist”). Pero, por favor, escuchen el fin de estrofa ascendente de “Imagine a man”, que amaga con empezar a lo “Dear Prudence” para encerrar finalmente las mejores armonías vocales de la banda. Sorpréndanse con “Squeeze box”, que parece un homenaje a los Flying Burrito Brothers (o así) y es irresistible. Asómbrense con los primeros segundos del tema inaugural, “Slip kid”, que podrían abocarnos a un disco de Santana. Y disfruten con la sorna de “Success story”, la gran aportación de John Entwistle a la causa y una visión burlona y vitriólica del gran circo del rock. Los Who andaban en modo escéptico y casi nadie quiso comprarles ese desapego por el negocio, justo diez años después de “My generation”. Incluso Keith Moon aportaba los primeros indicios, pobre, de andar con el norte perdido. Pero hoy esta colección es la gran joya reencontrada de la corona, una obra rica y proverbial en la que zambullirse sin miedo.

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