Puede que aún nos encontremos solo ante un primer aviso, pero Ciudad matriz representa ya una clamorosa llamada de atención. Esta María malagueña que adoptó el apellido artístico de LaMerced –en atención a la plaza de sus correteos infantiles, ese epicentro picassiano de jacarandas y efervescencias como no hay otro en el callejero de la ciudad– despunta con un disco bello y saleroso que apuntala muchas cosas y anuncia ya unas cuantas más. Sobre todo, el alumbramiento de una figura prístina y brillante, lúcida y avanzada, transversal porque se pasa por alto las acotaciones geográficas y generacionales para dar forma a un discurso en el que la emoción transita muy por encima de la convención.

LaMerced es aún una artista jovencísima, pero ha comprendido que las enseñanzas familiares son capitales y los anhelos de crecimiento terminan por apuntalar las arquitecturas del futuro. Lo mejor de su discurso es que no se restringe a la cantinela amorosa, pero tampoco a ningún otro patrón preestablecido o radiografiado de antemano. A María le atrae el arte cercano, la confesión, la copla bien trazada y el amorío contemporáneo. Y a ello incorpora el amor por las enseñanzas heredadas y, con casi el mismo peso específico, la herencia recibida desde las otras orillas que acarician las olas del Atlántico.

Eso mismo explica que en su discurso convivan las enseñanzas de Carlos Cano (o Clara Montes) con las de Mercedes Sosa: un mismo mar, un puñado de miles de kilómetros diferenciando los ángulos de la mirada. LaMerced tiene ya empuje, empaque y personalidad propia. No se le va a resistir el futuro, porque lo está escribiendo de puño y letra. Ya nos lo refrendarán a no mucho esperar, en vista de que la certeza es aquí un equivalente perfecto de la evidencia.

Le sustentan ya sus conocimientos familiares, el amor por el flamenco y la canción tradicional andaluza, el apego por el teatro y las artes escénicas. La acompañarán en breve sus ansias por aprender nociones de folclore, las clases recibidas de labios de Jorge Arribas (Fetén Fetén) y demás voces ilustres, el empeño por pegar el estirón. En realidad, lo único que desentona en Ciudad matriz es el torpe diseño gráfico, que no hace justicia a la finura de su firmante. No deja de ser una anécdota, pero hay margen para corregir esos parámetros de cara a lo que venga, que será mucho y muy alentador.

Mientras tanto, sepan ustedes que María va a seguir optando a la dialéctica del día a día, porque ella tiene muchas cosas que decir y puede enriquecer nuestro discurso, sabiduría y reflexiones. Su paisano El Kanka sabe bien de sus mimbres excelentes y bendice colaboraciones como las de El Manín o su antiguo compañero de oficina El Jose, granadino de pro. Más allá de eso, ahórrense prejuicios y apriorismos, porque María transita de una orilla a otra como si las separase un escueto espolón en lugar de ese mar océano casi infinito. Un ejemplo claro de que deberíamos ser lúcidos a la hora de enjuiciar: pocos abarcan tanto con un primerísimo elepé, pero LaMerced sí que está acreditando esa lucidez insólita (y envidiable) de los alumnos muy adelantados.

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