Que el jiennense Pachi García Alis no sea un artista infinitamente más conocido entre los seguidores del pop español figura entre las numerosas paradojas, injusticias o agravios comparativos tan habituales en cualquier ecosistema en el que el arte o el talento han de verse las caras con los algoritmos, el relumbrón mediático y demás factores de distorsión.

Puede que el propio compositor, productor, multiinstrumentista e intérprete de Baeza haya dejado a estas alturas de preocuparse por la repercusión, y en ese sentido Contradicciones representa un muy atractivo ejercicio de honestidad: aquí tienen ustedes 10 nuevas canciones que merecerían una nota media elevada, y esa es la única parte del trabajo que me compete, parece decirnos. Pero también hay algo de muestrario de habilidades en esta colección, porque Pachi, acaso sin pretenderlo, ofrece tonos, estilos, texturas y colores muy distintos entre sí en cada uno de los cortes. Incluso una exploración de pop electrónico-camerístico en el caso de La libertad de decir.

La última gran ocasión para reivindicar al autor de álbumes tan encantadores como Material de disección (2011) o Titulares indiscutibles (2019) fue la inesperada inclusión de una de sus canciones originales, la excelente La hiedra, en el ya penúltimo álbum de Bunbury (Cuentas pendientes, 2025), un artista en absoluto propenso a recurrir a material de autoría ajena. El espaldarazo de aquella grabación puede que aliente el espíritu rabiosamente ecléctico de Contradicciones y su apuesta por compañeros de viaje con pedigrí, puesto que seis de sus diez títulos recurren a la fórmula de los dúos ilustres. Incluso uno de ellos, la resultona La vida mata, se decanta como aliado por Rafa Vals, y deja la sensación de que no desentonaría en el repertorio de los popularísimos Viva Suecia. Sin que los odiadores de los murcianos, practicantes del muy español deporte nacional de la envidia, encontraran en él un solo argumento para seguir tuiteando gracietas.

El menú incluye alianzas con Lapido, al que se hace partícipe de un Harakiri que suena, en efecto, a puro 091; un eléctrico y expeditivo Segundo asalto, que le sienta bien a Nat Simons (aunque también le encajaría como un guante a Coque Malla); o ese sintetizado y trepidante Contra la marea, coloreado por los quejíos de una Ángeles Toledano que, definitivamente, no se achanta ante nada. Pero ahí no acaban las sorpresas, porque la sosegada y evocadora Veneno, corte inaugural, se nutre de unos versos de Luis García Montero (“Vigila las miradas del espejo, pues conocen la pólvora”), como hiciera en su día Quique González.

¿Lo más curioso? Quizá la composición más adictiva y redonda del lote, El recuerdo, es una de las pocas sin nombres externos para darle enjundia. Y da la sensación, en términos generales, de que Alis ha pulido de manera notable su técnica vocal para que su timbre suene menos áspero y rasposo que hasta ahora, lo que también puede facilitar el acceso a oyentes menos familiarizados con el gremio indie. Hasta Javier Ojeda (Danza Invisible) saca lo mejor de sí en El agua en el desierto, otro tema explosivo y adictivo desde la primera escucha. Si Pachi sigue inmerso en esa suerte de semianonimato no será porque le falten canciones estupendas que enarbolar ante el gran público.

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