El que fuera guitarrista de Piratas aborda un proyecto audaz y arriesgado, acaso más bien temerario. Su cuarto trabajo como solista es una de esas empresas encomiables que habrá provocado gestos de inquietud y desasosiego en los círculos más pragmáticos de su alrededor, porque ningún promotor o disquero estallaría de alborozo al saber que uno de sus pupilos no solo se propone poner música a un poemario ya existente, sino que escoge una obra en verso libre para que la tarea parezca más inabordable todavía. Pero en el fondo hay algo de autorreferencial en el empeño, a poco que reparemos en que el propio Fon Román es verso libérrimo en sí mismo.

 

De ahí que el muy artesanal poemario Blanco, que el mexicano Octavio Paz entregó a la imprenta en 1967, se erija en una elección excitante para un reto de estas dimensiones y características. Hablamos de una obra singular hasta en los aspectos formales, un pliego de 32 páginas que Paz concibió en papel continuo, como si se tratara de un pergamino, y que le servía para reflejar el impacto que le había dejado la cultura budista y el valor del silencio, la abstracción y el retiro. Todo suena tan estimulante como infranqueable para el lenguaje que frecuentamos “en las trincheras de la cultura pop”, por parafrasear al viejo amigo Iván Ferreiro. Pero Fon conserva la obra en su literalidad y la divide en 11 fragmentos, designados con escueta numeración romana, para sacarse de la chistera 11 canciones más o menos iconoclastas y laberínticas, pero perfectamente descifrables.

 

Son las cosas de Fon, que permaneció en silencio ocho años antes de reaparecer con el precioso (y minusvalorado) La chispa, la llama y el humo (2019) y que ahora tampoco se ha dado prisa para oficializar uno de los grandes flechazos creativos que le asaetearon corazón y alma durante los años que vivió en Ciudad de México. Román es un guitarrista elegantísimo y un cantante de timbre precioso, mucho más cálido y sosegado que el de Ferreiro (aunque también menos atípico y singular, sin duda). Ahora también comprendemos mejor, para quien haya llegado tarde, la estatura de su hilo musical y narrativo. Porque En blanco no llega a ser contagioso o tarareable, solo faltaba, pero esos versos oníricos, sociales, eróticos y, sobre todo, descabalados adquieren forma lógica en manos y labios de su inopinado nuevo cantor.

 

El creador gallego aprovecha leves rimas internas en el original para, alguna vez, dar una mayor impresión de canción al uso, aunque ha de recurrir más a las repeticiones de versos para igualar sus longitudes e introduce paradas armónicas y cambios de ritmo para adecuar la música con esas letras llenas de recodos y meandros. Es un proceso asombroso porque, contraviniendo lógica y pronósticos, funciona francamente bien. Román se aferra al parco formato de trío (otra sagacidad u otro suicidio, según se quiera ver), con los cotizados Héctor Rojo (bajo) y Borja Barrueta (batería) para ir desarrollando un discurso bellísimo, intrigante y complejo, a veces una invocación al sosiego y otras a la erótica.

 

Difícil encontrar referencias similares en el pasado; impensable que alguien tire del mismo hilo de cara al futuro. Ya lo decíamos antes: son las cosas de Fon. Y le honran.

 

 

 

 

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