Harry Edward Styles es ahora mismo el más genuino rey Midas del pop mundial, así que es una suerte para todos que no haga dejación de funciones con las responsabilidades inherentes a su cargo. Lejos de escurrir el bulto, este cuarto álbum en solitario del antaño ídolo juvenil de One Direction es una rotunda muestra de personalidad, empaque y carisma a raudales, un clamoroso aquí mando yo que a ratos desconcierta pero acaba fascinando casi siempre. Porque, he aquí lo más importante de todo, el rubito de Cheshire acaba de sacarse de la manga otro discazo. 

De alguna manera, y desde luego sin pretenderlo, la antítesis de Bruno Mars. El destino ha querido que Kiss all the time. Disco, occasionally vea la luz apenas siete días después de The romantic, y los dos álbumes más esperados por el gran público para este primer trimestre de 2026 no podían ser más dispares. El hawaiano ha colocado sobre la mesa un disco de diseño, milimetrado, con cada cosa medida. Una obra descaradamente calculada y algorítmica. Kiss all the time… resulta ser, en cambio, el álbum que a su autor le ha dado la realísima gana colocarnos ante nuestras narices. Styles es un jovencito seguro de sí mismo que hace lo que le apetece, sin prestar atención a otra cosa que no sea entregar lo que considera que tiene que contarle al mundo en ese momento, no lo que se espera o lo “viene mejor” para llenar conciertos.

El sucesor del estupendísimo Harry’s house (2022), aquel en el que As it was acabaría convirtiéndose en un éxito de dimensiones interplanetarias, no es un trabajo alimentado por las evidencias ni plantea una escucha lineal. Se salta a la torera todo el vigente modelo de adelantos a mansalva, preestrenó solo Aperture (que es un ejercicio noctámbulo de club, como un Perfume Genius pasado de rosca, lejos de figurar entre lo más representativo del álbum) y hace prevalecer su santa voluntad en todo momento: con apego por la electrónica y mucho ademán eléctrico, pero también con algunos de los paréntesis acústicos más adorables que le hemos conocido al geniecillo británico. 

Late incluso en Kiss… una vaga sensación de disco conceptual en torno a la noche y la madrugada, a lo que los ingleses llaman «small hours» y nosotros asimilaríamos como altas horas. Que un milenial de 32 años haga del elepé la unidad de medida artística, y no lo reduzca un puñado de 10 o 12 canciones agolpadas hasta sumar 35 o 40 minutos, cada una de su padre y de su madre, constituye una sorpresa y merece ser objeto de veneración. 

Harry podría habernos introducido en los encantos de su nuevo repertorio a partir de Dance no more, un ejercicio de funk a degüello y un hipotético single de potencial salvaje, pero decide relegarlo al corte número 10. Confía en un productor como Kid Harpoon para apuntalar su vocación hedonista, noctívaga y dilentante, pero de pronto se acoge a la enmienda del baladón mayúsculo con Coming up roses, un vals de revestimiento orquestal que acaba siendo, con perdón, más romántico que todo The romantic junto. La asignatura de los medios tiempos se ventila con un clamoroso cum laudegracias de The waiting game, pop quintaesencial, un prodigio de tres minutos escasos y virtualmente perfectos. Y aún queda la apelación a las esencias acústicas a partir de Paint by numbers, donde Styles se convierte en un impecable representante de la canción de autor.

Muchas tiendas de discos en Reino Unido abrieron el pasado viernes a las cero horas para que la gente pudiese adquirir un ejemplar del álbum desde el primer minuto, un arrebato de pasión por el formato físico que solo puede invitarnos a la admiración y la añoranza. Además de erigirse en estrella absoluta de los Brit Awards (pese a la pujanza de nuestra Rosalía), a Styles le acaban de designar curator (programador, comisario) del festival Meltdown en el Southbank Centre de Londres, un honor que en el pasado han asumido luminarias como David Bowie, Yoko Ono, Patti Smith o Scott Walker. Y aún más alucinante: ha diseñado la gira no en estadios, sino con largas residencias en pabellones o aforos medianos, a menudo un único escenario por país o incluso por continente. 

Harry Styles se convierte así en la traducción moderna del «Mahoma irá a la montaña»: si quieres ver a Harry, ya te encargarás tú de viajar hasta donde haga falta. Y funciona. Ante el reto de Estados Unidos, la apuesta ha sido reservar 30 noches en el Madison Square Garden neoyorquino, una sala que oferta unas 20.000 entradas por evento musical. Eso nos coloca ante una oferta de 600.000 localidades que no es que se hayan agotado ya, sino que resultaron pulverizadas en cuestión de minutos. Podría pasarse actuando un año entero, noche tras noche: los accesos a la web para hacerse con algún ticket sobrepasaron la cifra de 11,5 millones de usuarios. 

Con Styles rigen, ya se ve, los grandes titulares, la hipérbole y el asombro, pero lo que más asombrará a estas alturas a quien se acerque a él con la mirada despejada es su música. Es sagaz y preciosa, ocurrente, seductora, diferenciada. Niall Horan también escondía a un artistazo bajo su aspecto de joven querubín, pero lo de Harry alcanza más bien la categoría de escándalo. 

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