No debe de resultar sencillo abordar la escritura del disco número 13 en una trayectoria artística y vital tan rica, concienzuda y pletórica como la de Jorge Drexler, hombre acostumbrado a un nivel de autoexigencia muy inusual en el gremio y creador minucioso hasta hacer bueno aquel viejo adagio entre músicos de largo recorrido según el cual los discos no se terminan, sino que se abandonan (a regañadientes). Si a todo esto le sumamos la circunstancia simbólica y emblemática del sesenta aniversario del artista uruguayo, parece plausible barruntar que el parto de Taracá ha sido prolongado, meditado y muy reflexivo, e incluso podemos intuir que Drexler no ha acabado por entregarnos el trabajo más sencillo e instantáneo de su catálogo, menos aún si venimos de los tiempos del felicísimo, luminoso y muy inspirado Tinta y tiempo, un cancionero que nació cual botella de champán explosiva tras un periodo de angustia y bloqueo frente al folio en blanco.

Taracá, digámoslo ya, es un gran disco, lo que más bien tiene poco de noticioso proviniendo de quien proviene. Es, a su vez, el trabajo más impregnado de latinidad o enraizamiento americano que el uruguayo ha alumbrado desde Bailar en la cueva (2014), un álbum en el que era muy evidente el compromiso fascinado hacia las polirritmias de la herencia afrolatina, así que tiene toda la lógica que Jorge haya querido reencontrarse con los estudios de grabación de su geografía natal para empaparse aún más de esa esencia terruñera. Y supone un compromiso sentimental y hasta didáctico con el candombe, el más característico de los ritmos a orillas del Mar del Plata, que marca la pauta en la práctica totalidad del repertorio sin que ello lo haga –y ese es un grandísimo mérito– ni un poco repetitivo.

No estamos, con todo, ante un elepé de músicas del mundo, sino que Drexler sigue cultivando el oficio de cantautor y dejándose influir por tradiciones que le incumben y que él no solo actualiza sino que también sublima, puesto que hay guiños a la electrónica y a esa generación de creadores jóvenes en la que el de Montevideo siempre creyó, pero que ahora le toca más de cerca a partir del trabajo de su hijo mayor, pablopablo, y de su cuadrilla de amigos ilustres. Curioso, con todo, que nuestro madrileño de adopción haya eludido el camino más evidente, el de la producción contemporánea y más apegada a los corazones de silicio que le habría aportado su buen amigo y excelente director de operaciones Carles “Campi” Campón, cuya presencia en los créditos es, sin embargo, muy secundaria. El peso de las consultas recae más bien sobre la figura de Facundo Balta, talento precoz y aún bien joven en el candombe de la escena uruguaya. Y tampoco debe de ser ajeno en todo este apego por los orígenes el hecho de que Jorge acabe de atravesar el duelo por la muerte de su padre, Gunter Drexler Schlein, a quien dedica el álbum.

Es deslumbrante Drexler, sigue siéndolo, a la hora de encandenar hallazgos lingüísticos y poéticos, como esa búsqueda de tutoriales para recuperar el gusto por el flechazo (Cómo se ama), la explicación musicada y sobre la marcha de cómo se acentúa el candombe y por qué desconcierta que su acento fuerte no coincida con la tierra o primera parte del compás (El tambor chico), sus ya clásicas reflexiones sobre realidades tecnológicas que fascinan y aterran (¿Hay alguien A.I.? equipara la inteligencia artificial con una aprendiz que puede pasar “a hermana mayor, y de ahí a Gran Hermana”), la canción de amor denodada (Amar y ser amado, con la preciosa segunda voz de Meritxell Neddermann) y esa magistral reflexión entre la filología y la trascendencia conceptual que encierra Las palabras (“La gente pasa, pero las palabras quedan”).

Es tan tronchante como profunda la perorata de Ante la duda, baila, compendio de episodios históricos sobre cómo las clases poderosas han recelado siempre del potencial liberador y enardecedor que encierra el movimiento de caderas. Y sirve como canto franco e indisimulado a la vida la brasileña ¿Qué será que es?, única versión del disco, adaptada al castellano a partir del original de Gonzaguinha. Taracá –ingenioso neologismo que sirve como onomatopeya del ritmo de tambores candomberos– no es, en efecto, el disco más sencillo de Jorge Drexler, como tampoco lo era Salvavidas de hielo (2017) en su casi suicida empeño de restringir a las guitarras todos los sonidos instrumentales que comparecían en aquella ocasión. Pero es una obra madura en la mejor de sus acepciones: el canto de un hombre de edad cierta y no menor, pero mirada siempre proclive al refresco y hasta el reseteo.

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