Desde Cádiz, la fiera, genuina y temperamental Alba Blanco urde una celebración de su trigésimo aniversario reincidiendo en lo que mejor sabe hacer: entronizar un rock tan clásico y visceral como habrían practicado los más asilvestrados del lugar en la generación de sus abuelos. La Perra Blanco es fiel a sus señas de identidad, y en esta tercera entrega discográfica reincide en ese rocanrol viejuno, áspero y quintaesencial sin privarse, con todo, de aportar muy sutiles matices para actualizar, mejorar y refrescar la fórmula: un sonido ligeramente más pulido, la aparición del castellano como lengua natural y plenamente legítima en algún que otro corte (aunque aún en franca minoría: un solo tema, Sin amor (¡con J.D. McPherson!), y partes de un segundo, Devil in my bed, sobre un total de diez), la finura en el discurso. Pero seguimos en las mismas: llámenla revivalista, viejoven o como les plazca, pero Alba es una mujer milenial alineada con la vieja escuela. Y a mucha honra.

Puede que al principio de su periplo sonase más pintoresco que ahora, en que, tímidamente, el hartazgo frente a los dictados digitales y contemporáneos se va traduciendo en una generación de músicos emergentes a los que no les importa enchufar sus guitarras en amplificadores de alto voltaje. Tampoco canonizar el buen nombre del rock-de-toda-la-vida, ese género que llegó para volarnos la cabeza, pero al que le sepultó una súbita e injustificada pérdida global de fe.

Por todo ello, la misma existencia de un álbum como Lovers and fears es una noticia alentadora y luminosa: necesitamos más perrasblancos que ladren, aúllen, claven bien las uñas y remuevan bien en el suelo hasta encontrarle los tuétanos a ese sonido que se inventó para cambiar el mundo y sacudirnos las entrañas. Lo primero se ha vuelto de todo punto imposible, pero no perdamos la esperanza de que para lo segundo aún estemos a tiempo: necesitamos puñetazos emocionales en la boca del estómago y Blanco se ha conjurado para ello.

Por armar y legitimar más el discurso, estos Amantes y miedos juegan con la dualidad entre los episodios alentadores y los inquietantes que nos brinda el día a día; un proceso ese, el de sobrevivir, que nunca resultó sencillo y jamás deberíamos dar por descontado. La Perra es expeditiva, aunque sea desde un relato que no duda en explorar argumentos convencionales para acentuar esa sensación de que nos enfrentamos a canciones que podrían llevar 60 o 70 años ya inmortalizadas en las sociedades de autores. Desde “I’m a fool to be in love again” (Number one fool) a “I feel fine now that my man is gone” (I feel fine), la gaditana no se complica la vida a efectos argumentales, pero apela a los grandes clásicos –cómo no– de la dicotomía entre el amor y el odio (o, como mínimo, el desapego). Ya lo decían The Persuaders y recordó con aún mayor éxito Chrissie Hynde al frente de los Pretenders: la línea entre odio y amor es ciertamente muy fina.

Tendrá que llegar el día, quizá, en que La Perra Blanco atisbe horizontes más dispares, amague con algún giro de tuerca, salpimente el repertorio con otras especias menos circunscritas al ABC del rock. Mientras tanto, Lovers and fears era el disco que necesitábamos para fijarnos, ya definitivamente, su nombre en la memoria.

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