Que el mundo está hecho unos zorros no supone, por desgracia, ninguna revelación de última hora a la que hayamos tenido acceso a través de alguna fuente privilegiada. Basta asomarse en cualquier momento del día por las pocilgas de las redes sociales para constatar el grado de deterioro en la convivencia y de depravación moral que han alcanzado algunos líderes mundiales, comenzando por el más poderoso de todos ellos. Que una mujer tan valerosa, corajuda y acreditada como Lucinda Williams ahonde en este discurso y ponga negro sobre blanco su hartazgo no resuelve el problema, pero sirve, sin duda, como catarsis. Y Williams, cronista de postín y observadora de inequívoca legitimidad, se erige en una voz autorizadísima a la hora de abordar un álbum de naturaleza política, comprometida y esclarecedora que supone probablemente –y el tiempo nos lo acabará corroborando– su obra más importante en lo que llevamos de siglo XXI.
La gran reina del country-rock sufrió hace seis años un ictus que le ha dejado ciertas parálisis como secuela y le impide tocar la guitarra, pero por fortuna no llegó a barajar la opción de jubilarse. Muy al contrario, lleva una temporada haciéndonoslo pasar en grande con sus álbumes temáticos de versiones (ya saben, Beatles, Stones, Dylan, Tom Petty, southern soul, country de los sesenta y hasta una entrega de villancicos) y se encontraba garabateando a lo largo de 2025 un puñado de originales para dar continuidad a Stories from a rock ‘n’ roll heart (2023) cuando la podredumbre moral y el deterioro de convivencia consustanciales a la administración Trump le llevaron a cambiar de prioridades y centrarse en un repertorio concienciado, una colección de canciones de denuncia que no tienen nada de panfletarias pero sí nos sirven como fogonazos de realidad para esclarecer lo que no deja de acontecer ante nuestras atónitas narices. Y nada como el tema inaugural y titular, The world’s gone wrong, retrato de una enfermera y un vendedor de coches caídos en desgracia, para simbolizar ese deterioro de las clases medias y del más elemental bienestar social. Querido Bruce: no estás solo.
La lucidez en la denuncia serviría de poco sin un sustento musical relevante, y a ese respecto nuestra trovadora de Lake Charles se pone las pilas con una banda abrumadora, en la que Marc Ford (The Black Crowes) y Doug Pettibone se encargan de las guitarras, Rob Burger pone a gemir su Hammond B-3, la batería de Brady Blade aporta el toque de contención y el tándem de productores, Ray Kennedy y Tom Overby, conceden espacio, profundidad, hondura y reverberación. Y nos faltan todavía por mencionar los elementos sazonadores que redondean la jugada: la emergente voz afroamericana del country Brittney Spencer para los inaugurales The world’s gone wrong y Something’s gotta give, la calidez al mensaje antirracista de We’ve come too far to turn around que aporta la enorme Norah Jones o el balsámico paréntesis campestre que encontramos con Low life, otra pequeña maravilla compuesta al alimón con esa banda –Big Thief– a la que en la última década le sale todo bien.
Párrafo aparte merece, claro, el hecho de que el único título no original sea para una versión del Bob Marley más reivindicativo, So much trouble in the world, donde Williams comparte micrófono con la soberbia octogenaria Mavis Staples, una mujer que lo ha visto y vivido todo y que insufla emoción y legitimidad a un mensaje que, medio siglo después, vuelve a acreditar una vigencia en carne viva. Guitarras ásperas, atisbos de góspel, mucha hondura de blues. Todo es muy desolador, sin duda, pero siempre nos quedará Lucinda.
Mi pregunta para Lucinda, Bruce y para ti, es como lo haríais vosotros…si fuerais los lideres del mundo…a todos nos mueve el dinero y vivimos en una mentira. Son capitalistas con tapujos que deberían compartir sus riquezas con los pobres. La mentira forma parte de la revolución.