¿En qué andaba metido el bueno de Michael Holbrook Prenniman y por qué tenemos la sensación de haberle perdido un poco de vista en nuestros radares? Lo cierto es que su agenda sigue siendo muy intensa, solo que sus prioridades habían dejado de encajar, probablemente, con quienes en 2007 le tomaron la matrícula, se enamoraron de aquel debut encantador (Life in cartoon motion) y siguen siendo capaces de tararear de carrerilla muchas de aquellas canciones.
Después de haberse involucrado en distintos proyectos televisivos que ni nos van ni nos vienen (Factor X en Italia, preparador en La voz francesa y jurado en dos programas españoles, El piano y La voz), e incluso de haber aprendido a hablar español mejor que bien en apenas unos meses, Hyperlove supone el regreso del único Mika que nos interesa de verdad, el que llevaba desde 2019 sin publicar álbum en inglés. Porque su trabajo de 2023 para el mercado francófono, Que ta tete fleurisse toujurs, aun partiendo de un título con todo su ADN reconcentrado (“Que tu cabeza siempre florezca”), pasó clamorosamente inadvertido por estos lares.
Lo cierto es que Hyperlove intenta reconectarnos con ese Mika luminoso, radiante, hedonista y esperanzador que manufactura pop en tecnicolor como nadie y, sin caer en simplezas ni maniqueísmos, puede ayudarnos a enderezar un día aciago. Nunca debería perder de vista Holbrook ese instinto suyo para escribir calambrazos de pop instantáneo y estimular la producción urgente de endorfinas, como acreditan aquí Immortal love o la magnífica Bells, una disertación sobre el amor desde su vertiente más carnal, sicalíptica y voluptuosa: “No pares de hacer lo que estás haciendo. Porque el sexo es como hacer sonar campanas, campanas, campanas. No hay droga que pueda igualarlo”.
Hyperlove se erige así, en efecto, en un trabajo sobre las luces y las sombras del amor, sobre su eclosión, fervor e incertidumbres. Incluso introduce un elemento futurista para Science fiction lover, en vista de que encontrar una pareja satisfactoria de carne y hueso se convierte tan a menudo en tarea titánica. Y lo sazona todo con una pátina electrónica a partir de la elección como productor del australiano Nick Littlemore, el líder de Empire of the Sun (sí, los de We are the people), con el que ya había trabajado codo con codo en los tiempos de The origin of love (2012). A los 42 años, queda claro que nuestro viejo amigo libanés quiere refrescar y avivar su perfil sonoro, aunque en realidad su instinto para el ultrapop no precisaba de grandes filigranas para estallarnos dentro de la cabeza y extenderse hasta la última de nuestras neuronas.
Porque Michael tiene esa mágica palabra de tres letras tan metida en los tuétanos que uno de los invitados estelares de su disco no es un músico, sino sino un cineasta ¡extraordinariamente pop!, John Waters, el director de Hairspray o Cecil B. Demente, el bigotito fino más célebre de Hollywood: pone su voz inconfundible a tres pasajes o interludios en los que recita frases delirantes y jocosas como “¿Alguna vez has escuchado algo tan orgásmico y deliciosamente retorcido?”. Y es ese punto provocador en el que Mika encuentra el mejor de los equilibrios: el ligeramente lúbrico, el de las pasiones agridulces plasmadas en perlas tan pegadizas como Excuses for love. No es este el mejor Mika que hemos conocido en estas ya casi dos décadas de amistad, pero vuelve a parecérsele.