No es ningún pipiolo ni recién llegado Cristóbal Colom, un gaditano ahora transmutado bajo el pintoresco epígrafe de O’Cristo pero al que ya conocíamos en las filas de bandas como Modelo de Respuesta Polar. En cualquier caso, este debut en nombre (o pseudónimo) propio sirve para colocarlo en órbita como un personaje seductor, intrigante, poético y personalísimo, un trovador muy sui géneris que interioriza la escuela andaluza en la estela eterna de Kiko Veneno pero la conjuga con pinceladas urbanas, algún ramalazo compartido con esa generación de jovencitos exultantes (Guitarricadelafuente, pablopablo) y una sensibilidad propia de esos representantes del género masculino que se han hartado, por fin, de altanerías y derramamientos de testosterona para abrazar el discurso de la empatía y la vulnerabilidad.
Todo es alentador y estimulante en este estreno, comenzando por un título socarrón y provocador extraído de ese breve corte final, Malagueña derrotada, en el que Colom quintaesencia su compromiso estético con la creación más allá de la mera realidad certificada ante notario: “Por las mentiras de su boca / un cantautor debe morir / ¿Pedir perdón por mentir? Esa sería la derrota”. Colom hurga en esa intersección apasionante entre rock y canción de autor; o se erige, si se prefiere, en cantautor al que en absoluto le incomodan las guitarras enchufadas a los amplis. Y se consagra con una pluma ocurrente y sagaz, capaz de garabatear frases que merecen honores de camiseta: “Hay palos de ciego que a veces dan en el clavo”.
Tan deslumbrante aforismo proviene de Subir las apuestas, uno de los puntos culminantes del trabajo, para el que se sube al carro un caballero con el que los paralelismos parecen casi fraternales: Kike, cantante y letrista de Vera Fauna. He aquí una canción, o himno, para delimitar en último extremo el ámbito de la responsabilidad y el compromiso: “Hay que sufrir solamente por quien lo merezca”.
Conmigo y contra mí se sale del guion inicial y chapotea en el neosoul y esa sofisticación del sonido que alienta la renovación generacional, y a la que con seguridad no será ajena la producción de Turian Boy. Nuevo firmamento ahonda en las consabidas incertidumbres del amor con el contraste entre las alusiones a Madrid y ese inequívoco deje sureño que Cristóbal, solo faltaba, no se molesta en amortiguar. Qué buenas son la autoestima y el orgullo, el amor propio que destila este cantautor nada moribundo y sí comprometido con la búsqueda personal y el inconformismo propio de quien, desde la juventud, ya ha visto y comprendido lo suficiente como para no dar por válida la palabrería.
El desencanto que destila Deshacer el mundo, en este caso salpimentado por el electropop de la joven LaTorre y su aire casi andino, es elocuente y esclarecedor. Igual que hallazgos líricos como “Reniego de la promesa como modus operandi”, el latinajo que se esconde tras el título M.O. O’Cristo es transparente, emocionante y mercurial a un tiempo en su escritura, y una buena pluma sureña siempre es motivo de alborozo para nuestro ecosistema peninsular.