Mirar un poco hacia atrás para tomar impulso y preparar el siguiente gran paso adelante. El cantautor madrileño Pedro Pastor aprovecha las efemérides (una década de andadura, aunque sea sin calzado, el marcador de la treintena recién inaugurado en las cuentas de la vida) para darse y darnos el gustazo de una retrospectiva enriquecida con savia renovada y voces invitadas que hacen del evento una celebración más excepcional. Es bonita la idea de conmemorar estos 10 años –que no son muchos, pero sí lo bastante elocuentes– y no conformarse para ello con la mera y consabida antología, la típica colección de grandes éxitos que en la era digital va teniendo cada vez una menor utilidad y vigencia. Y reinventar los clásicos propios en compañía de voces amigas es una solución estupenda para estos casos. Conocemos las canciones, pero merece la pena explorarlas de nuevo porque las hechuras ya no son las mismas que cuando nacieron. Y, sin cambios drásticos, casi todos sí que resultan sustanciales.
Solo hay una pieza de riguroso estreno, Un lugar mejor, la única sin invitado especial pero un ejemplo elocuente del momento artístico y creativo de este cada vez más ilustre vecino de Rivas-Vaciamadrid. El hijo de Luis Pastor y Lourdes Guerra se lanza en picado al género de la salsa y sale algo más que airoso del envite, demostración de hasta qué punto ha aprendido e interiorizado las enseñanzas de sus reiterados periplos por la otra orilla atlántica. Pedro se afianza así como el más latino, de lejos, de nuestros trovadores ibéricos: un milenial vivo y listo como el rayo, de oídos muy abiertos, predisposición al aprendizaje y capacidad para sacudirle la osamenta al prójimo, aunque no anhele en ningún caso convertirse en rey (ni príncipe heredero) de ninguna pista de baile.
La propia procedencia geográfica de los colaboradores refrenda ese sesgo hacia el continente hermano, incluso con la presencia de un par de espléndidos nombres argentinos aún no lo bastante difundidos por estos lares (Alan Sutton, El Plan de la Mariposa), a los que debemos sumar los bogotanos Monsieur Periné y dos caballeros más que distinguidos, el brasileño Chico César y el mismísimo padre de todos los nuevos trovadores, Silvio Rodríguez, aún muy emocionante a sus 79 años con la preciosa Quererte.
Con todo, la gran joya en el repertorio del Pastor joven sigue siendo Los olvidados, un bellísimo repaso poético, pero riguroso, a la historia de los perdedores en la despiadada guerra civil española. Ya hace cuatro años era difícil contener las lágrimas escuchándolo, pero la conmoción se acentúa ahora al incorporarse la mejor Rozalén que hemos escuchado de un tiempo a esta parte, justo antes de ese paréntesis de dos años que se ha concedido para descansar el cuerpo y, más urgente aún, aventar la mente. Los olvidados debería ser materia de estudio obligada, y más aún con esta nueva versión, en todos los institutos de este santo y descalabrado país. Cuánto mejor sería.