Puede que casi nadie esperase ya la existencia de un álbum como este Better broken, y menos aún por tierras peninsulares. La artista canadiense llevaba la friolera de 11 años sin entregar material de su autoría (desde Shine on, su inesperado fichaje en 2014 para el sello Verve), y entre el público español su predicamento ha sido escaso, pese a que durante la década de los noventa ejerció como uno de los grandes estandartes de aquel nuevo pop femenino empoderado que se retroalimentaba en torno al festival Lilith Fair y que tanto el soberbio Fumbling towards ecstasy (1993) como Surfacing, en 1997, bien merecerían una urgente reescucha. Pero, aun partiendo de la ausencia de grandes expectactivas, el décimo trabajo de la canadiense de Nueva Escocia resulta ser una inesperada pequeña obra maestra de pop adulto y madurado, un alegato de serenidad y resiliencia que, desde los 58 años de la firmante, se convierte en un sorprendente faro para los buscadores de canciones con carisma y poso.
Nada como el tema que abre y da título al trabajo para comprender el temperamento de esta McLachlan profunda y contenida. Better broken es un medio tiempo elegante, minucioso y sofisticado que marca el tono y hasta el compás de un álbum en el que no se les deja entrar ni a las prisas ni al embarullamiento. Un disco discretamente ambicioso e indisimuladamente minucioso en el que, puestos a regresar ya cuando ya no se contaba con ella, Sarah Ann ha preferido tirar de ascendente y poderío: sus productores son Tony Berg y Will Maclellan, habituales en el círculo de boygenius, y en los créditos asombra encontrarse los nombres de la bajista Wendy Melvoin (¡la de Wendy & Lisa, las protegidas de Prince!) y Matt Chamberlain, un batería fabuloso que ha trabajado para Springsteen, Bowie, Elton John y hasta Brad Mehldau.
Pocas bromas, en suma. La voz de McLachlan resuena profunda, sólida y conmovida en un cancionero que apunta mucho más hacia la reflexión y la confesión que al chispazo instantáneo. Better broken no incluye ni remotamente candidatos al éxito como en su día fueran Possession o Building a mystery y tampoco incurre en la tentación de la sacarina. Al contrario: hay heridas y dolor que curar, e incluso Gravity, una solemne balada pianística muy al gusto de la casa, testimonia las dificultades en las relaciones entre la autora y su hija, por mucho amor del que se parta en los vínculos maternofiliales. Más emotivo aún resulta esa caída de telón con If this is the End…, una pieza de aires tradiciones ingleses para plasmar la idea de nuestra vulnerabilidad y finitud como especie que buscó acomodo por estos lares.
El componente feminista aflora sin medias tintas en One in a long line, con el refrendo intergeneracional de sus hijas India y Taja Sood en las segundas voces, mientras Reminds me, el delicioso dúo con la cantautora Katie Gavin, aporta el frescor del country-folk con pinceladas de pedal-steel. Y aún nos queda reseñar el solo de trompa para The last to go o el indisimulado regusto a Beatles que deja el violonchelo de Only way out is through para certificar que los amantes del pop adulto disponen de muchos estímulos a los que atender a lo largo de estos 11 cortes. Un disco, en suma, para demostrar que un creador puede ganar en vigor sin dejar de testimoniar sus debilidades.