Puede que lo de Sharp Pins tenga algo de broma colosal, pero lo suyo no es ningún chiste fácil sino el fruto evidente de grandes cantidades de ingenio reconcentrado. El trío de Chicago que comanda con plenos poderes el bisoño, imberbe y brillantísimo (20 años justos: pásmense) Kai Slater no ha experimentado ni remotamente en carnes nada que tenga que ver con el siglo XX, pero la música de Balloon balloon balloon nace con el firme propósito de que bajo ningún concepto parezca compuesta más tarde de 1965. Slater no se limita a un mero ejercicio de estilo, sino que se transforma en una versión garajera de los Beatles a la altura de Beatles for sale. Y entrega un álbum de 21 canciones de las que solo una supera (por poco) la barrera de los tres minutos y que transcurre en un suspiro, porque todo lo que en él acontece es gozoso, divertido, fresquísimo, adictivo y rabiosamente tarareable.
Slater no cree en los algoritmos, sino en las guitarras de 12 cuerdas. Suponemos que guardará un celular de última generación en el bolsillo, pero parece solo interesado por los amplificadores de válvulas, el power-pop de primera generación y la escuela del lo-fi (aunque en alguna ocasión más bien deberíamos hablar de no-fi). Los cortes de este tercer álbum suenan saturados, opacos, en las antípodas de cualquier ejercicio de producción refinada. Y el mismo diseño de la carpeta, las imágenes y la tipografía parecen provenir de alguna discográfica autogestionaria que hubiese publicado unos pocos vinilos ignotos a mediados de los sesenta antes de disolverse para siempre y convertirse en elemento de fascinación para cuatro coleccionistas chavetas. Pero Balloon…, como decíamos, no es una travesura anacrónica, sino un fabuloso ejercicio de composición de canciones adictivas. Con trazas de Liverpool, The Byrds o los Kinks más desaliñados de los comienzos. También con reminiscencias a gurús del power como Big Star o Guided by Voices, aunque, en términos comparativos, hablamos de bandas refinadísimas frente al aire desaliñado de Slater y sus dos acólitos.
Imposible no pensar en otros muchachos insultantemente jóvenes, brillantes y demodés, los D’Addario y sus The Lemon Twigs, pero, mientras los hermanos componen a la manera de los gurús clásicos del pop, nuestro desprejuiciado Kai cree de manera cabal haberse colado en la máquina del tiempo hasta convertirse en uno más de ellos. Sus canciones de amor, desde I don’t have the heart a Fall in love again, suenan a hallazgo prodigioso en una tienda de viejísimos vinilos de segunda mano: parecen una revelación divina de esas que a la militancia melómana le acontece solo de tarde en tarde. Sus modos y deje provienen de aquel proto-punk que adquiriría notoriedad histórica gracias a las antologías de Nuggets, aquellos Original artyfacts for the first psychedelic era. Pero debajo de la apariencia de mugre y desaseo hay un chispazo primigenio y genuino de amor por la canción redonda. Y tan viejuna como para que Talking in your sleep ni siquiera suene a década dorada, sino a pioneros en plenos años cincuenta.
Cosas así son las que nos permiten recuperar la fe en la chavalería, en esas criaturas recién salidas del cascarón que se encierran en el cuarto (en el caso de Slater es literal) y salen de él aún en pijama, pero con dos o tres nuevas canciones maravillosas en el magnetofón. Gene Clark o Roger McGuinn no darían crédito.