Es imposible salir indemne de un disco de The New Raemon. Incluso aunque sea breve, fugaz e inaprensible, como este que ahora nos ocupa: ni media hora siquiera, acaso una metáfora –involuntaria o no– de la vida misma. Porque el noveno álbum del barcelonés Ramón Rodríguez, poeta y cancionista en grados a los que pocos pueden acceder de manera simultánea, ahonda en esas reflexiones existenciales que se han vuelto recurrentes y que conducen a una escucha contrita, sobrecogedora y, desde su serenidad, tan estimulante como un vigoroso zarandeo emocional.
Rodríguez nunca ha sido amigo de vaguedades ni boberías, pero de un tiempo a esta parte ha ido ganando en gravedad y aplomo, en ese gusto por el verso categórico ante el que no podemos eludir ni el escalofrío ni el respingo. Por eso emociona tanto y de manera tan vívida este disco efímero y reconcentrado en el que ya desde su Laberinto inaugural se repasa el ciclo de la existencia con espíritu inapelable: «Flores que caen y vuelven a nacer / La vida sonríe, la muerte también».
Hay en Rodríguez mucho de su tocayo Juan Ramón Jiménez y aquellos pájaros suyos que «seguirán cantando» cuando nos hayamos ido. Anoten este otro par de versos desoladores (o, cuando menos, demoledores): «Las olas golpean las rocas y lo seguirán haciendo / cuando tú no estés aquí para verlo». Y el tránsito de Ocurrimos lejos (los elepés de Raemon son hermosos en todo, comenzando por sus títulos) no ha hecho más que emprender su fulgurante ritual; ese que, colocados Frente a la bahía, abre la puerta a una disyuntiva corrosiva: “Hay quien quiere seguir viviendo, hay quien quiere matar muriendo”. Porque Ramón se las gasta así, disparándonos con cariño, pero sin piedad, esa suerte de greguerías metafísicas ante las que solo podemos esforzarnos por minimizar daños.
Abre el álbum con una guitarra acústica que parece extraída de Suzanne Vega en tiempos de Solitude standing, se vuelve más misterioso aún con su apego por los compases irregulares y hasta críptico en el capítulo final, ese Una piedra en el río en el que casi desaparece el pulso y la canción se vuelve etérea, enigmática y extrañamente hermosa. La mencionada y bellísima Frente a la bahía es, sin más, uno de los capítulos más evocadores de este 2025 ya casi agonizante, mientras que Tiempo o Diez años en un día hurgan en la herida de la evanescencia y la fugacidad. Por eso mismo tiene tanta lógica que Ramón se valga del respaldo (precioso) de su propia hija, Leia Destruye (de actualidad también por el nuevo disco de Mourn), para simbolizar tácitamente este devenir.
Sumemos la alianza con el batería Ricky Lavado (Standstill, Egon Soda), otro poeta a pie de acera, y comprendamos ya del todo lo que avisábamos desde la primera línea: saldremos magullados, arañados, zaheridos con Ocurrimos lejos, un capítulo sencillamente conmovedor.