Hay artistas a los que no solo nos conecta para siempre su obra, por bien que la conozcamos, sino también el afecto. Y no porque les hayamos tratado en algunas ocasiones, sino porque nos incumbe lo que nos cuentan sus obras, los vinculamos a vivencias propias, hacen que nos acordemos de personas muy queridas y, en definitiva, los sentimos como parte de nuestro ecosistema emocional, incluso aunque ni siquiera les tengamos en el wasap. El artista que hoy nos visita es uno de esos ejemplos. Aún le vemos y escuchamos joven, aunque lleve muchos años y discos a las espaldas. Y ahora que estrena su trabajo número ¡16!, nos congratula comprobar que sigue firme en la batalla.
Lo de las canas no cuenta, porque las peina desde que era poco más que un veinteañero. Pero el coruñés que anda ya oteando en el horizonte la bandera del medio siglo (ahora le contemplan 48 años) estrena el sexto elepé con nombre y apellido, después de sus bandas primerizas o paralelas y de unos cuantos trabajos memorables bajo el epígrafe de Deluxe. De esta media docena de álbumes, este que ahora nos ofrece es el primero en el que su imagen figura en portada, indicio evidente de que le ha salido un disco íntimo, sentido y confesional. Un álbum de vulnerabilidad y resiliencia, con más incertidumbres que certezas, pero con muchas complicidades: todas las que afianzan la amistad, la cercanía, la confianza.
Oniria popular es un disco nacido casi de sopetón. Le habían sugerido a Xoel que escribiese dos o tres canciones para lanzar como singles y amenizar la espera hasta su gran proyecto de los 50 años, un gran disco triple con 50 de sus canciones autoversionadas y reinventadas (en ocasiones, por lo que venimos escuchando en los conciertos, de manera radical, espectacular y encantadora). Fue coger lápiz y papel y rellenar no un par de folios, sino 10 canciones (u 11, en función de si contamos de manera sencilla o por duplicado la doble lectura de Campos de Castilla para siempre que sirve para abrir y cerrar la entrega). Y este arrebato creativo es demostración clara de que a López se le acumulaban muchas enseñanzas a las espaldas y no menos cuentas pendientes consigo mismo en la boca del estómago. De ahí que surgiera el trabajo maduro de alguien que se proclama “guardián de mis heridas”, pero que también puede volverse juguetón y ochentero, como en una partida viejuna en el videojuego Bomb Jack, a la hora de afrontar la última pantalla, la del Monstruo final.
Veníamos de Caldo espírito (2023), que ya era un título poco convencional en sí mismo, pero este Oniria popular juega a resultar incluso contradictorio en sí mismo. ¿Cómo se conjuga la parte onírica, el sueño, que es por definición algo particular y privado, con la parte pública de lo “popular”? La respuesta la hallamos en los claroscuros de un hombre que, ya a un paso de alcanzar las 50 velas en la tarta de cumpleaños (anótense el hito: agosto de 2027), hace recuento de rasguños, heridas y cicatrices. Porque Oniria… es un álbum de pop soberbio y precioso, pero desde luego no encaja con el concepto de música ligera. Repite el concepto de “batalla” en diversas ocasiones (y en la propia La batalla, con un deje muy evidente a Luis Eduardo Aute), apela a miedos, alude incluso a un episodio de depresión (en Sombras chinas, con ese coro inaugural infantil que remite a You can’t always get what you want, de los Stones), habla de ruidos e inquietudes nocturnas (Crujidos y fantasmas) o de gente que lo pasa mal, aunque siempre prevalezca el espíritu de superación.
Ahora que acaba de superar la barrera de las 200 canciones registradas en la SGAE, Xoel puede enorgullecerse de engrosar la lista con algunos títulos monumentales. Ese himno enfático y eufórico que es Cupido (Muerte al amor romántico) bebe en su estructura formal de la tradición gallega, a la que el coruñés nunca pierde del todo de vista. Monstruo final es una eclosión de pop felicísimo a la manera de los años ochenta, casi como una prolongación de Right between the eyes, de Wax. Las guitarras de Crujidos y fantasmas son un homenaje confeso a El Último de la Fila (con giros melódicos en la escuela de los Smiths). Y la lindísima Tronco y raíz, un canto a la amistad ante el que es difícil retraer las lágrimas, puede traer a la memoria No one is to blame, de Howard Jones.
Lo más hermoso de todo ello es que López no persigue nuevas inspiraciones para salpimentar su manera de escribir, sino que las posibles influencias brotan, espontáneas, a partir de esa abrumadora cultura musical que le anida en la cabeza. Por eso hay tanta verdad y tanta información en este Oniria popular, disco que parte de una premisa en apariencia humilde –Xoel y su ya casi hermano Adrián Seijas, percusionista y segundas voces, haciéndolo todo en tándem en el estudio casero del coruñés– y que quizá se aúpe a la condición de mejor disco de su autor desde los tiempos del casi insuperable Atlántico, de 2012. Lo mejor, con creadores así de inspirados y enciclopédicos, aún siempre puede estar por venir.