El folk británico contemporáneo de finales de los sesenta y primeros setenta es un inmenso cofre del tesoro en el que todavía encontramos doblones de oro a puñados. Esta joya casi ignota de hace 47 años es fabulosa, aunque la haya devorado el tiempo; por eso esta resurrección, con sonido nitidísimo, constituye un descubrimiento emocionante y, de paso, un acto de justicia. Evans era un chaval que acabó en el circuito de folcloristas de Bristol y frecuentaba el escenario del Bristol Troubadour, un café que a diario servía como refugio para amantes y ejecutantes de sonidos acústicos. Allí desarrolló un estilo extraordinario para la guitarra arpegiada, eso que los ingleses conocen como “fingerpicking”: no tenía nada que envidiar a los grandes del género, empezando por Bert Jansch o John Renbourn, con Martin Carthy en el retrovisor y Al Stewart o John Martyn entre los coetáneos emergentes. A menudo Evans optó por la fórmula de guitarra y voz, en todo caso con una segunda acústica, un contrapunto vocal femenino y una armónica muy ocasional. La mezcla, muy balanceada (voz a la izquierda, guitarra a la derecha), permite disfrutar de un sonido muy hermoso, primoroso, cristalino; original y cuidadísimo, en ocasiones exprimiendo las posibilidades de las afinaciones no convencionales. Hay momentos realmente afortunados, de “Magic man” a “City road” o “Rosie”, por parte de un hombre que acabaría orillando sus ambiciones creativas y fijando su residencia en Bélgica por esas cosas del amor. Descubrirle hoy (o redescubrirle, si alguno estuvo lo bastante atento en su día) es tan emocionante, en el género tradicional, como mentar a Nick Drake o toparse con la historia de Rodríguez en la película “Sugar man”. Una bendición.

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