Justo 40 años después de aquel lánguido Eagles live (1980) que sirvió de aparente certificado de defunción definitivo (recordemos la célebre frase: “Volveremos a reunirnos cuando el infierno se congele”), las míticas Águilas californianas regresan con otro doble disco en directo de valor simbólico. Este, más bien en sentido contrario al de su antecesor: representa una resurrección al menos nominal, después de que la muerte en 2016 de Glenn Frey, uno de sus pilares fundacionales, pareciera refrendar para siempre la desaparición de los autores de Hotel California. Por eso los conciertos ahora testimoniados del 12, 14 y 15 de septiembre de 2018 en el Forum de Inglewood adquieren un significado particularmente entrañable. Constituyen un ejercicio de nostalgia, sin duda, pero también un canto a la vida. A la supervivencia de un mayúsculo emblema musical del siglo XX, aun en las peores circunstancias. E incluso al recambio generacional, por cuanto a Glenn le sustituye su hijo mayor, Deacon Frey, que con solo 25 años (en el momento de la grabación) sale particularmente bien parado del trance.

 

Hay algo de agridulce, sin duda, en este doble álbum. Fue el adjetivo que utilizó el otro nuevo miembro de los Eagles, Vince Gill, para definir su propio fichaje por la banda. Gill es un histórico del country de Oklahoma que fue contratado en 2017, junto al propio Deacon, para cubrir uno de los huecos más teóricamente irremplazables de la formación. Una llamada de los Eagles equivale a un pasaporte a la estratosfera, pero Vince ha sido siempre consciente de las condiciones circunstanciales de su incorporación. Y, con todo, su poso de sabiduría se acopla con tanta naturalidad a la causa como para que sus nuevos jefes le dejen incorporar al repertorio un tema propio, el espléndido Don’t let our love start slippin’ away. Tan canónico y exquisito, sí, que a nadie le habría extrañado en un disco original de los Eagles.

 

Por aquello de refrescar el catálogo, se deslizan otras concesiones a las discografías en solitario: Don Henley incorpora su reverenciado The boys of summer y Joe Walsh se lo pasa en grande con Life’s been good, un tema afortunadísimo que pasa con naturalidad de California a Jamaica y se prolonga durante sus buenos ocho minutos. En realidad, Walsh ejerce como el más expansivo en el escenario, convertido casi en insólito líder de facto por encima de un generoso Henley y del siempre más comedido y modosito bajista Timothy B. Schmit, que después de cuatro décadas en el grupo aún sigue pareciendo una incorporación “reciente”. Y eso que sus prístinas interpretaciones de I can’t tell you whyLove will keep us alive vuelven a ser irreprochables.

 

Al final, y como siempre estos viejos amigos nuestros, lo mejor es la sensación sobre el escenario de excelencia abrumadora. Tuvimos la suerte de experimentarla en el verano de 2009, durante la única gira española de los muchachos, y la evocamos aquí con el impacto de una alineación avasalladora. Sobre el escenario del Forum, señores, no solo se distribuyeron los cinco miembros oficiales de los Eagles, sino una banda de refuerzo de otros cuatro efectivos más cinco músicos de metales y otros cinco integrantes de la sección de cuerdas. En total, si no fallan las cuentas, 19 músicos de altísima cualificación para proceder a un ritual que, medio siglo después, sigue pareciendo imposible de superar o rebatir.

 

No, no hay grandes sorpresas aquí, además de los temas solistas antes mencionados y de Funk #49, otra sorpresa de la chistera de Joe Walsh, en esta ocasión proveniente de sus remotos años con James Gang. Pero el reencuentro es encantador. Y el sonido, sencillamente celestial. No parece tan poca cosa, honestamente.

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