La irrupción de Durand Jones ya supuso una sorpresa monumental hace un par de temporadas: un artista humildísimo, fuera de todos los radares de cazatalentos del nuevo soul, que llevaba dos años con su primer elepé en la calle sin que prácticamente nadie se hubiera enterado. Pues bien, ahora resulta que en aquella alineación no solo era una auténtica joya su jefe de filas, sino también el muchacho que blandía las baquetas tras la batería en el fondo del escenario. Responde al nombre de Aaron Frazer, es dueño de un falsete sencillamente irresistible y no hay manera de evitar el enamoramiento con su forma directa, voluptuosa y muy retro de acercarse al soul con mayúsculas. Tan es así que al mago Dan Auerbach, jefe de filas de Black Keys, no le ha quedado más remedio que colocarse en el asiento del productor, sinónimo inequívoco (recordemos sus descubrimientos de Yola o Marcus King, y las reinvenciones en torno a Pretenders y Lana del Rey) de que aquí se cuece algo importante.

 

Los muy avispados se quedaron con la matrícula de Frazer con ocasión de Is it any wonder?, rutilante y melosa balada en la que ya daba muestras de sus habilidades como voz solista en aquel primer álbum de Durand Jones & The Indications. Su ascendente fue aún más acentuado en la segunda entrega, American love call (2019), así que este estreno con nombre propio era una consecuencia cantada. Absolutamente justificada, porque Introducing… es un disco delicioso. Y que responde con creces a todos los apriorismos: cálido, analógico, de sonido adorable y teñido siempre por el aroma añejo de los sesenta y setenta, eso que ahora llamamos vintage.

 

A medio camino entre la Motown y el Philly Sound, con cuerdas (You don’t wanna be my baby) o metales (If I got it Your love brought it), arrimado a las enseñanzas de Smokey Robinson (Lover girl) o de The Four Seasons (¿no es Over you una actualización de Beggin’?), este querubín de Baltimore instalado ahora de Brooklyn parece infalible en la puesta al día de las enseñanzas clásicas. Incluso se asoma a la solemnidad góspel, con altísima nota, en ese colofón titulado Leanin’ on your everlasting love, mientras que el funk ligero, a lo Bill Withers, ya ha quedado perfectamente definido con Done lyin’, otra de esas perlas sedosas con las que entran muchas ganas de subir el volumen y entornar la luz.

 

Queda la duda, tan habitual en estos casos, de si la personalidad propia puede brillar más allá del tributo, el ejercicio de estilo o el pastiche. Es una objeción razonable, pero en este caso ociosa. Aaron Frazer (¡y su falsete!) son tan endiabladamente brillantes que cualquier otra consideración queda relegada a un segundo plano.

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