Cuando no se me va el santo al cielo y el homenajeado bien merece ese cariñito especial, acostumbro a felicitar las onomásticas con el “Happy birthday” de Altered Images. Es mi favorita del género: mejor que el mismísimo “Birthday” de McCartney para los Beatles, mucho mejor que el “Happy birthday” de Stevie Wonder (el “Cumpleaños feliz” de Parchís lo dejamos para ese coleguita incurablemente hortera que nos ha convocado en un karaoke). La pieza fue un glorioso “one hit wonder” en 1981, aunque, en honor a la verdad, “I could be happy” y “Don’t talk to me about love” también rozarían lo más alto de las listas en años subsiguientes. En realidad, los de Glasgow (¿alguna vez ha habido un grupo mediocre en Glasgow?) representaban el descaro, la inmediatez y los colores chillones, ¡en plena ciudad de la lluvia!, durante esos primeros compases de una década que Thatcher (esa Margarita a la que Morrissey habría conducido hasta la guillotina) se encargaría de teñir de un gris plomizo. Clare Grogan, mitad cantante y mitad actriz, tenía encanto, desparpajo, poderío desde su aparente candidez. Era una bendición para cualquier grupo que se preciara. Al principio emulaba a Siouxsie, pero en solo dos años y tres álbumes tuvo tiempo de redefinirse una y otra vez, hasta llegar a esa dama refinada y estilosa, una David Bowie femenina, que nos seduce desde la portada de “Bite” (1983). Acaba de salir una caja de cuatro cedés que abarca todo lo relativo a AI: sus tres entregas y un cuarto álbum con las versiones en single y en 12 pulgadas de sus temas emblemáticos. Pero se me hace más manejable esta antología generosa (35 temas, dos horas y pico) en la que está todo lo que merece la pena recordar. Que es, ya se ve, bastante.

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