Asignaturas pendientes: esas que tenemos todos. Algunos no nos trabajamos con el debido ahínco el rock independiente de los primeros años noventa: Dinosaur Jr., Pixies, Nirvana, Lemonheads, toda aquella gente. Una carencia flagrante, pero no irresoluble. Tampoco Buffalo Tom figuraban, honestamente, entre las bandas con las que nos familiarizamos en la época, quizá por bobo escepticismo. Decir que una reciente y nutritiva edición de 25 aniversario (2017) me sirvió para redescubrir este disco de los bostonianos –que figura en muchas de las selecciones con lo mejor de la década– sería un frívolo postureo. En realidad, no le presté mayor atención en su momento, lo estoy descubriendo en toda su extensión ahora y aún no me parece demasiado tarde, qué demonios, para purgar mis pecados y convertirme en una mejor persona. Aunque solo fuera por Taillights fade o Mountains of your head, dos temas grandísimos, este álbum debería anidar ya para siempre en nuestros casilleros. Bill Janovitz y sus amigos aprovechaban la entrega conmemorativa para entregar un segundo disco en directo (ULU, Londres, 1992), 70 minutos de pasión en los que parecemos escuchar el impacto de los goterones de sudor sobre el piso. Incluso emprendieron una pequeña gira conmemorativa por Estados Unidos. Qué suerte, algunos… Y qué grata la sensación de asumir carencias y corregir errores. Pasión concupiscente, guitarras ásperas como la lija, melodías grandes. Así debería ser. Así queda ya fijado por siempre, ahora sí, en nuestras memorias. 

 

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