Cosa seria, muy seria, lo de este hombre. Lo de este disco al completo, idóneo para abandonarlo todo y contener la respiración. Curtis Harding va a por todas en la competición por el cetro en esa nueva generación de artistas de soul que no dejan de mirar por el retrovisor, con veneración especial hacia sus antecesores de los sesenta y setenta. Y este tercer álbum refrenda su pasión por la atemporalidad: más allá de algún ocasional pasaje de rap, como en Where’s the love, todo lo que sucede aquí podría haber acontecido muchos años atrás. Y haber sentado cátedra.

 

Hay algo de solemnidad academicista, si se quiere, en el empeño de Harding por sacar lustre a los mejores cánones. Y mucha audacia y amor por el oficio en decisiones como abrir con ese tema titular, If words were flowers, que comienza con unos primeros segundos jazzísticos (Kamasi Washington no los habría desarrollado mejor) y delega por completo el resto de la pieza en unos coros de gospel con aroma genuinamente antiguo. A Curtis no le escuchamos abrir la boca hasta el segundo corte, Hopeful, en lo que parece un gesto paradigmático: el protagonismo va para el mensaje, no para la persona.

 

Y ese mismo título, “Si las palabras fuesen flores”, representa un mensaje bello, lírico y hondo, más aún en estos tiempos vocingleros y precipitados. Harding, por contraste, quiere confiar en la palabra, el amor y la empatía. Por eso despliega todo el arsenal en este trabajo ambiciosísimo, de cierta vocación trascendental. La propia Hopeful es una filigrana de coros, arreglos orquestales y guitarras con distorsión psicodélica, tres ingredientes esenciales para comprender la dimensión de If words… Y la obra en su conjunto inspira una ligera sensación de suite, de trabajo global y no mera suma de 11 canciones.

 

Entre ellas, en cualquier caso, las hay sensacionales. Can’t hide it es un single clamoroso en el que confluyen la chispa de Motown y la trascendencia de Curtis Mayfield. Y With you, por donde asoma la absorbente angelina Sasami, supone una declaración de guerra (artística) en toda regla a Michael Kiwanuka. Rara y prodigiosa balada, porque de esa confrontación cordial salimos todos victoriosos.

 

Hay, en suma, una cierta aureola de espiritualidad en este álbum, la propia de un hombre que creció cerca de las iglesias y que habrá desgastado hasta el último surco de sus vinilos de Mahalia Jackson. Pero ese regusto psicotrópico en The one, por ejemplo, augura también otros anhelos amorosos más tangibles. Carne y espíritu, cielo y tierra. ¿Qué más podemos pedir?

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