Siempre me fascinó que Elvis Costello comenzara las notas para la primera reedición en cedé de este álbum con las siguientes palabras: “¡Felicidades! Acabas de comprarte nuestro peor disco!”. Allá por 2004, con esta versión definitiva y enriquecida con 25 grabaciones adicionales, el siempre verborreico Declan MacManus matizaba: “Es probablemente el peor disco que pudimos hacer a partir de un puñado decente de canciones”. En cualquiera de los casos, resulta demasiado tentador revisar “Goodbye, cruel world” como una obra menor e incomprendida, un renglón torcido, la oveja negra en una discografía amplísima y rica en capítulos memorables. Y acaba haciéndose inevitable cogerle cariño a un álbum al que no ayudó la producción de Clive Langer y Alan Winstanley, pareja entonces en auge (Madness, Dexy’s Midnight Runners) que ya había manufacturado el antecesor, “Punch the clock” (1983), pero al que se le fue la mano incluyendo sintetizadores en cada minuto. Pero una versión más desenchufada permite reevaluar preciosidades como “The comedians”, “Home truth”, “The great unknown” o, sobre todo, “Peace in our time”, andanada de concienciación política que debió haberse erigido en la gran sucesora de la impresionante “Shipbuilding”. Por lo demás, adoro el dúo con Daryl Hall (siempre entre la sofisticación y el placer culpable) para “The only flame in town” y tardé en descubrir que la desolada “I wanna be loved” no era un original de nuestro gafotas, sino una perla desenterrada de Teacher’s Edition, olvidadísima banda de R&B que la había registrado en 1973. Era una magnífica elección para un hombre que se estaba divorciando y cuyo estado de ánimo debía de ser bien frágil. Tanto como para contemplar con poca indulgencia este álbum por el que no hace falta pasar tan de puntillas.

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