Un crítico británico llegó a escribir en Mojo que escuchar un disco de Emerson, Lake and Palmer podía resultar una experiencia tan penosa como una visita al proctólogo. Ah, la tentación del chiste fácil, aunque sea a costa de la más elemental ecuanimidad. Puede que la obra de EL&P no sea la que mejor ha envejecido dentro del universo del rock progresivo, quizá porque todos los excesos propios del género rozaban en su caso el paroxismo. Pero los trabajos clásicos del terceto aguantan con creces un análisis desprejuiciado desde el tiempo y la distancia. Y tanto este trabajo como el que llegaría justo después, Brain salad surgery, resultan ser fabulosas creaciones de tres tipos endiabladamente virtuosos y amantes del detalle.

 

Cuidado, no hablamos de exquisiteces solo al alcance de unos pocos paladares privilegiados. Trilogy llegó al número 2 en las listas británicas y no eran raros los conciertos que congregaban a cerca de 30.000 almas frente a estos chicos (tan buenecitos, pese a las medias melenas: esta portada, la primera vez que dejaban ver su imagen en todas las carpetas de su discografía, los convirtió en algo muy parecido a unos sex symbols). La gira de presentación por Japón registró algunas escenas tumultuosas, de esas más propias de las páginas de sucesos que las culturales.

 

¿Era para tanto? Sí, desde luego que sí. No era normal un despliegue de talento tan pasmoso como el de Hoedown, compuesto a partir de un original de Aaron Copland (el compositor de Brooklyn bendijo personalmente el injerto) y donde Emerson parecía tener más manos, o dedos, que los comúnmente establecidos por la biología para los congéneres humanos. Ni disponer de una balada acústica tan perfecta como From the beginning, en la línea de esas delicatessen bucólicas que a veces se concedían los sinfónicos (King Crimson y I talk to the wind, Genesis en For absent friends o, tres años más tarde, Wish you were here, de Pink Floyd). O alternar la suite ambiciosa y apoteósica, The endless enigma (y su prolongación, Trilogy, nueve minutos de parecidos mimbres) con una pieza tan extraña, siniestra y fascinante como Living sin, donde Greg Lake empezaba cantando con voz de ogro bajo los efectos de sabe dios qué sustancia peligrosa.

 

Eran tiempos felices para la música de altura, para rockeros empeñados en dejar su impronta en los anales de la cultura popular. Ninguna de las bandas del gremio había llegado tan lejos en los guiños a la música clásica como este trío, que venía de dedicarle un disco íntegro a Mussorksky (Pictures at an exhibition) y aquí echaba el telón con la progresión marcial de Abaddon’s bolero, un evidente guiño al amigo Ravel.

 

Por cierto, Trilogy lideró en su día todas las clasificaciones sobre lo mejor del año en Melody maker. Sin chistecillos.

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