Allá por 1972, el árbol genealógico de Free se había convertido en poco menos que un crucigrama. De hecho, la reunión de la banda de cara a este At last (eso de “Por fin” sonaba casi irónico) parecía una quimera, a tenor de que casi todos sus ingredientes se habían bifurcado por caminos diametralmente opuestos apenas un año antes. A todos les sobraban las buenas intenciones, pero olvidaron ese factor intangible al que llamamos química: Paul Rodgers fracasó estruendosamente con Peace, Andy Fraser apenas supo echar a andar bajo el epígrafe de Toby y el guitarrista Paul Kossoff se inventó un cuarteto con ínfulas de superbanda, Kossoff Kirke Tetsu and Rabbit, de cuyo único álbum podrás prescindir (en el improbable caso de que lo encuentres) sin cargo de conciencia. Y así, entre la reconciliación y la conveniencia, se reformuló esta alianza londinense para dar forma a un álbum que, lejos del pastiche, acabó adquiriendo hechuras adorables. La chispa prende o no prende, y bastaba con subir el amplificador desde los primeros pasos de la premonitoria Catch a train para comprender que el cuarteto había llenado a conciencia el depósito de gasolina. Free era uno de esos fenómenos del blues-rock británico (con el bajista Fraser, cómo no, criado a las faldas de John Mayall) que fue envenenando su sonido con la cicuta del hard-rock. No andaban lejos de Led Zeppelin, ni siquiera en carisma: Rodgers no superaba en manierismo a Robert Plant, porque eso habría sido imposible, pero ofrecía registros pulmonares parecidos. Y aunque el emblema que a todos les viene a la mente es All right now (del tercer álbum, Fire and water, en 1970), a mí siempre me resultó más redondo y adictivo su alter ego de este quinto elepé, un A little bit of love con el que tampoco resulta difícil acordarse del bueno de Joe Cocker, firmante de una de sus múltiples versiones ardorosas. Agreguemos Sail on o Travelling man, tan emotivas, y comprenderemos que estos tipos duros andaban sobrados de corazón. Lástima que a Kossoff ya se le hubiera ido la mano con las drogas, que le llevaron al adiós definitivo en 1976, a los 25 años. Paul Rodgers fundaría Bad Company, que ya no fue lo mismo. Y acabaría, mucho después, sucumbiendo a la tentación de suplantar a Freddie Mercury en una reformulación (?) de Queen, una osadía con la que hoy Twitter habría ardido por los cuatro costados.

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