Ah, las ironías trágicas. O el destino, que, en nomenclatura ‘sabinera’, es un maricón. Escuece pensar que este disco, pletórico y rutilante, salvaje y decisivo, sencillamente quintaesencial, ostente por encima de cualquier otro epíteto la condición de póstumo. Y estremece no escuchar a Janis en la impresionante “Buried alive in the blues”, obra maestra incompleta como la “Sinfonía inacabada” de Schubert o el “Requiem” de Mozart: tenía fecha en el estudio para registrar su voz el 5 de octubre de 1970, justo un día después de que apareciera muerta por sobredosis de heroína en un hotel de Hollywood. Joplin pudo dedicar a los excesos una parte significativa de sus 27 escuetos años, pero “Pearl” era eclosión y punto de equilibrio. El fabuloso unísono entre la voz y la guitarra con que se abre el álbum (“Move over”) marcaba el territorio del blues-rock y el hard-rock para la nueva década, pero aquella diablesa de sonrisa burlona también era capaz de adentrarse por los senderos de la ternura: ahí estaban “Mercedes Benz” y, desde luego, la fascinante lectura de “Me and Bobby McGee” para demostrarlo. Nadie habría intuido que latía tanto fuego en el original de Kris Kristofferson, pero la primera gran estrella femenina del rock alcanzaba a ver más lejos que nadie con aquellos ojillos diminutos de miope. Janis había acertado en la tecla con su flamante Full Tilt Boogie, una banda de amplia mayoría canadiense que resultaba más ponderada y menos invasiva en el acompañamiento que Big Brother o la Kozmic Blues Band, sus antecesoras. Todo marchaba bien, todo debería haber salido bien. Hasta que se interpusieron los demonios interiores. Quedan monumentos históricos: “Cry baby”, “My baby”, “A woman left lonely”. Y, como siempre, la dolorosa incógnita de qué habría venido después.

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