En 2015, cuando vio la luz aquel “Coming home”, resultaba imposible no enamorarse de Leon Bridges. Era dueño de una voz maravillosa, poseía ese oro líquido en la garganta que echamos de menos desde que nos quedamos sin Sam Cooke y, en efecto, había dado forma a un álbum que parecía nacido en torno a 1965; es decir, ¡medio siglo antes! Tuve oportunidad de charlar con él en septiembre de aquel año, justo antes de su estreno en La Riviera, y me pareció entrañable su carácter modoso, recatado: hablaba poco, miraba con ojillos tímidos y no se quiso meter en berenjenales, ni siquiera entrar al trapo con un Trump que ya por entonces no paraba de decir barrabasadas (ahora, además, las hace). Bridges seguramente quería decirnos que le escuchásemos solo sobre las tablas, ahí donde su expresión se tornaba gigante. Y sí, ahora con este segundo disco su figura se agranda una barbaridad. Sobre todo porque el paso adelante implica incrementar el radio de acción: de los canónicos años sesenta ahora nos adentramos en los setenta de Marvin Gaye, Stevie Wonder o Al Green, incluso en el mucho más reciente D’Angelo de los años noventa. Bridges habla de timideces (“Shy”), aunque se las atribuye a un amor; suministra dos adelantos complementarios y maravillosos (“Bet ain’t worth the hand” y “Bad bad news”) y acierta en el centro de la diana con “Beyond”, que huele a clásico eterno. Y cuando ya habíamos bajado la guardia, remata la faena con un homenaje a su mamá, “Georgia, to Texas”, con el que no puedes por menos que adorarle. Este disco no descubre nada, pero lo refrenda todo: Leon es grande.

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