Como 2016 fue un año tan doloroso y cruel en cuanto a pérdidas, quizá no le prestamos la debida atención a la muerte de Mose Allison, que allá en aquel noviembre andaba por los 89 otoños. Y sería de justicia colocarlo en un lugar más preponderante, sobre todo si reparamos en que su música y predicados encontraron seguidores tan distinguidos como Tom Waits, The Who, Bonnie Raitt o Leon Russell. Yo le descubrí, de hecho, siguiéndole la pista a través de Van Morrison, y de ahí acabé arribando a discos como este, en el que reincido cuando da la casualidad de ponérseme a tiro, como quien recala en un puerto familiar, en un refugio. Allison fue víctima siempre de su difícil catalogación, tal que si la amplitud de miras entorpeciera en lugar de enriquecer. Incapaces de resolver el dilema de si nos encontrábamos ante un vocalista que toca el piano o un pianista que canta, ni oyentes ni discográficas supieron nunca si le eran más propias las estanterías del jazz o las del blues, con incluso alguna tentativa por el pop. “I don’t worry about a thing” solucionaba la disyuntiva por la vía salomónica: cinco piezas instrumentales y otras cinco cantadas, 33 minutos sin mácula, un ejercicio de be bop y blues estimulante. Vida pura. Allison era dueño de una voz tenue, dulce y trémula; deliciosa como el repiqueteo de sus dedos, siempre ágiles pero ajenos a la pirueta, por las teclas negras y blancas. Escuchar “Your mind is on vacation” o la versión de “The song is ended”, el clásico de Irving Berlin, equivale a llenar los pulmones de oxígeno. Una bendición.

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