Nick Mason dejó atónitos a propios y extraños hace unas cuantas temporadas cuando aseguró que su álbum favorito de Pink Floyd era A saucerful of secrets (1968), aquel segundo álbum de la banda que figura en todos los manuales como “disco de transición”, con el pobre Syd Barrett ya prácticamente fuera de juego y David Gilmour acomodándose todavía en la formación. De acuerdo, la afirmación podía tener un ingrediente de boutade, de revelación ingeniosa con la que se persigue más la sorpresa que el diagnóstico riguroso. Pero las preferencias de Mason son más insólitas que descabelladas, y hasta puede que provengan de un arrebato de sinceridad. A fin de cuentas, nadie más acreditado que él para opinar: el batería de Birmingham, que hoy anda por las 76 primaveras, es el único músico que puede presumir de haber figurado en todas las formaciones de los Floyd sin excepción, desde 1966 hasta 1994.

 

El amor de Nick por aquella banda primigenia, la que todavía no había encadenado sus cuatro álbumes totémicos y colosales (The dark side of the moonWish you were hereAnimalsThe wall: ahí es nada), queda ahora reflejado en este proyecto sencillamente maravilloso. Mason llevaba sin colocarse frente a la batería en un escenario desde la fugaz reaparición de su banda en el Live 8 de 2005, pero sintió la necesidad de rodearse de unos cuantos amigos para revivir el repertorio que manejaba entre 1967 y 1972, cuando Pink Floyd no eran tan grandes pero ya sí extraordinariamente sustanciales. Unos años formativos en los que la creatividad ya fluía a borbotones: casi siempre más psicodélicos que sinfónicos, experimentales y absorbentes sin excepción, y a ratos incluso garajeros.

 

La gira de Nick Mason’s Sacerful of Secrets durante 2019 alcanzó su cénit con las dos noches de mayo en The Roundhouse, el quintaesencial club londinense en el que unos ignotos y jovencísimos Pink Floyd se subieron por vez primera a las tablas, un 15 de octubre de 1966. Lo asombroso es que un septuagenario flanqueado por cuatro amigos sexagenarios (o casi) sean capaces de revivir no ya el espíritu de un periodo remoto, sino el vigor de aquella música imperecedera. Porque Live at The Roundhouse suena poderoso, vivaz, emocionante, profundamente conmovedor. Mason es puro músculo en Arnold LayneLucifer Sam, y sus amigos saben secundarle en el entusiasmo. Empezando, atención, por Gary Kemp, el compositor de todos los grandes clásicos de Spandau Ballet, erigido aquí en cantante y guitarrista principal. No desconfíen: sale de este envite particularmente bien parado.

 

El breve periodo en torno a The piper at the gates of dawn (1967), el único LP con Barrett al frente, es objeto de especial veneración durante buena parte de la noche. Pero hay también hueco para las rarezas: desde Green is the color, que llevaba casi medio siglo sin sonar en directo, hasta The Nile song, una joya oculta en la banda sonora de More (1969) que nunca había llegado a los escenarios. Y, por supuesto, dos momentos particularmente apoteósicos: el hermosísimo y casi olvidado tema central de Atom heart mother, siete minutos que ya anticipan a los Floyds más grandiosos; y el emblemático Set the controls for the heart of the sun, que vio la luz por vez primera en A saucerful of secrets y aquí se estira hasta sus buenos 12 minutos de delirio lisérgico.

 

La nueva/vieja banda de Mason tendría que haber pasado por Madrid y Barcelona en julio, igual que este doble CD (con DVD adicional: un festín) estaba previsto para la primavera y ha terminado alegrándonos el otoño. Los tiempos en que Pink Floyd eran una banda para las salas y no los estadios nunca quedaron tan bien documentados. Qué bendición y qué grandísima sorpresa.

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