Sí, es cierto: puede que Simple Minds no atinen con un gran disco desde aquel “Once upon a time”, y de aquello han transcurrido ya (cuidado con los aprensivos) 33 añazos. Y también es verdad que ya entonces se los miraba con el gesto revirado, cuando ahora sus discos iniciáticos (“Real to real cacophony”, “New gold dream”, esas cosas) se tienen por joyas predilectas del post-punk. Los grupos pegan bandazos igual que no somos ajenos a ellos sus oyentes, pero puede que Jim Kerr y Charlie Burchill, los únicos supervivientes de la alineación primigenia, acaben de entregar lo más apañado de estas tres últimas décadas. Puede que a ratos, incluso, lo más excitante. No lo era su “Acoustic” de hace dos temporadas, repaso insustancial y desvalido a los éxitos de siempre. Tampoco lo acababa de ser “Big music” (2014), con más buena intención que acierto. Pero aquí regresamos a las primeras casillas de la partida y, ¡sí!, vuelve la pompa, el espesor sonoro, las baterías que retumban, los bajos muy marcados. “Magic” es un pelotazo que hoy sería clásico si proviniera de los álbumes dorados y “The signal and the noise” es pura y excitante marcialidad sintetizada. Y para finalizar, acaso porque la nostalgia aflora sin que convenga reprimirla sistemáticamente, una inopinada lectura de “Dirty old town”. Por Glasgow. Por las noches de amistad y farra. Por (quién lo duda) los viejos tiempos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *