Siempre me dejó perplejo la inquina con que una parte de la crítica musical ha despachado a Sting. Sí, yo también pienso que discos como “Mercury falling” o “Sacred love” son bastante rutinarios, y me interesan poco sus divagaciones navideñas o los clásicos renacentistas para laúd. Pero, ojo, estamos hablando del padre de The Police y creador de al menos dos docenas de himnos para la posteridad intergeneracional. Y de un tipo con bastantes arrestos como para, treinta y pico años atrás, darle portazo a uno de los grupos más exitosos de la historia y debutar en solitario con este trabajo, casi más cercano al jazz y los ritmos globales que a nada que pudiésemos colocar en la estantería del pop. Han transcurrido 33 veranos y estas Tortugas Azules siguen exhibiendo un sonido reluciente y algunas piezas que lo resisten todo: el deslumbrante saxo de Branford Marsalis para “If you love somebody, set them free”, el plácido aroma reggae en “Love is the seventh wave” y, sobre todo, ese toque noctámbulo de Nueva Orleáns en “Moon over Bourbon Street”, un standard tan hermoso y humeante que a cualquiera le habría gustado escuchar en los labios de Chet Baker. Gordon Matthew Sumner tenía 33 años, una cuenta corriente inabarcable y el mundo entero a sus pies, pero prefirió jugársela, cambiar el paso, apostar por la vida adulta y emprender un camino que en ese momento nadie había previsto. Y a eso se le llama valentía, o audacia, o una mezcla de las dos. Con el tiempo le han reprochado a Sting hasta que siga escribiendo canciones sociales desde su posición económica privilegiada, como si solo estuviera legitimado para hablar de joyas y cruceros. A veces somos así de absurdos.

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