Hoy produce cierta perplejidad, quizá entremezclada con nostalgia, remontar la mirada hasta este primer álbum de Terence Trent D’Arby. Un tipo enigmático hasta en su nombre, que, pese a la extrañeza, nos aprendimos sin rechistar desde el primer día. Un disco tan famosísimo entonces como olvidado a día de hoy. El comienzo de una trayectoria errática, que incluye uno de los más sonoros fracasos con un segundo álbum (“Neither fish nor flesh”, 1989) del que pueden dar noticia los amantes de las curiosidades en la música popular. Pero lo cierto es que en 1987, el año en que todas las conversaciones apuntaban hacia “The Joshua tree”, acabamos haciéndole un hueco también a este jovencito estiloso y engreído que prometía haber grabado el trabajo más importante desde “Sgt. Pepper’s”. Así era el tamaño de la hipérbole, y de ahí también las ganas de sancionar los tropezones futuros, pero “Introducing…” (que también era raro en el título) resultaba ser un trabajo deslumbrante. Ambicioso, ecléctico e inspirado como solo podía suceder en un álbum de Prince, el único artista ante el que TTD no se sentía necesariamente superior (y que aquel año, para dejar las cosas en su sitio, publicaba nada menos que “Sign of the times”). Asombra repasar el repertorio de este disco y reparar en su avalancha de sencillos: la instantánea “If you let me stay”, la sudorosa “Wishing well”, la aproximación a James Brown en “Dance little sister”, la perfección baladística de “Sign your name”, el epílogo desgarrador con “Who’s loving you”. No le demos vueltas: tres décadas después, mucho de este disco sigue sonando irresistible. También sus sucesores, por cierto, aunque la complejidad de sus influencias los hiciera mucho menos comerciales. Hoy Terence es Sananda Maitreya: todo lo mejor.

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