Ese chiquilllo rubiejo con la mirada puesta en la tierra de una granja en Juliette, Georgia. Se trata, para más señas, del hijo del batería de la banda, Butch Trucks, mientras que los honores de la contraportada se le conceden a la niñita del bajista, Berry Oakley. Las dos criaturas integran uno de los envoltorios más tiernos que se nos ocurren glosar en la historia del rock, y sus miradas puras y cándidas dan paso a 39 minutos de música fabulosa. Pero también sirven como marco de una serie de circunstancias particularmente trágicas y definitorias para este álbum y el devenir de la banda. Porque Brothers and sisters es una crónica de rabioso amor melómano y músculo rítmico, pero también el testimonio de dos pérdidas terribles. La primera, la del guitarrista y cofundador Duane Allman, víctima de un accidente mortal en 1971. La segunda, la del propio Oakley, en plena elaboración del álbum y tras un accidente de moto acaecido a pocos metros de distancia del anterior. El destino, siempre tan irónico. O, más bien, tan puñetero.

 

Los siete cortes finales aparecen colocados por orden de grabación, de manera que Oakley está presente en las dos primeras composiciones (las fantásticas Wasted words y la merecidamente célebre Ramblin’ man) y su sustituto, Lamar Williams, en las cinco resultantes. El matiz no es nada menor. Berry, que se había convertido casi en líder de facto tras la desaparición de Duane, desempeña un papel preeminente. Al bueno de Lamar, por contra, se le escucha tirando a poco, más bien sepultado en la mezcla final. Pero al menos acaricia su instante de gloria con Jessica, el otro gran emblema del álbum. ¿Un tema instrumental, de siete minutos y medio de duración, desembarcando en las listas de éxitos? Pues sí. Cosas de los Brothers y sus milagros. Y un homenaje tácito a la guitarra manouche del gitano Django Reinhardt, el hombre que fue capaz de convertirse en un virtuoso con solo dos dedos, índice y medio, sobre el mástil.

 

En mitad de tanta tragedia, dudas y convulsiones, la banda acertó con el fichaje por sorpresa de Chuck Leavell como teclista, que venía de haber estado de gira con Dr. John y se convierte en uno de los protagonistas más definitorios para el sonido de Brothers and sisters. Algo menos de guitarra y algo más de piano en la balanza, en definitiva; no tanto rock sureño y una pizca más de country-rock. Sin olvidar, claro, el componente más apegado al blues. Ahí estaban para demostrarlo tanto Come and go blues como la página final, Pony boy, en la que Gregg Allman demostraba tanto aprecio por las enseñanzas clásicas de Robert Johnson como por el sentido del humor de Blind Willie McTell.

 

Brothers and sisters podía haber terminado como un álbum deslavazado y disperso, un batiburrillo de nombres, influencias, participantes y sesiones de grabación. Pero termina siendo, seguramente, y sin pretenderlo, un bellísimo canto de superación y de amor por la música. Era el cuarto trabajo de TABB, o el quinto si sumamos el extraordinario directo en el Fillmore East. No era sencillo mantener el listón. Habrá quien prefiera, legítimamente, Idlewild south (1970) o Eat a peach (1972), y no será aquí donde les objetemos nada a dos trabajos tan adorables. Pero estos Hermanos y hermanas eran, hermanas y hermanos, pura vida.

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