En los primeros años noventa, con la eclosión de los Unplugged de la MTV (esa cadena que entonces aún se tomaba en serio la música), ninguno de aquellos álbumes acústicos pasó tantas veces por el reproductor de mi salón como el que estos 10.000 Maniacos registraron en 1993. Entonces aún no sospechábamos que Natalie Merchant iba a romper los lazos con el resto de la banda y emprender una trayectoria en solitario tan grata como insuficiente para hacernos olvidar este periodo previo. Aquel disco en directo se nutría en buena medida de este inmediato antecesor, un álbum tan adorable como su propio título dejaba entrever. En la escritura de Merchant siempre subyace una aureola entre religiosa y abiertamente física, y nada como These are days, que recuerda en espíritu a algunas canciones de Van Morrison (These are the days, Days like this, incluso Into the mystic), para corroborarlo. Los angloparlantes siempre pelean con la dificultad de interpretar estas canciones, de letras que priman el preciosismo sobre el significado explícito. En realidad, termina dando un poco igual: nunca 10,000 Maniacs sonaron tan confiados en sí mismos, jamás agruparon una colección tan hermosa de canciones y en ningún caso acertaron como con Paul Fox como productor, que hacía sonar todo de manera equilibrada, también cuando entraban en liza las cuerdas (Jezebel, la extraordinariamente evocadora How you’ve grown) o los metales, que provenían de las filas de James Brown y convierten Few and far between en un festín. No tanto como Candy everybody wants, lo más parecido a un gran éxito en toda la historia de los neoyorquinos, más cuando Michael Stipe entraba en liza. Our time in Eden es un disco de belleza inagotable. Sereno en cada uno de sus latidos, reconfortante como un amigo que siempre está disponible para fundirse en un abrazo. Una pequeña gran bendición.

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