Joey Burns y John Convertino se habían conocido como integrantes de los Giant Sand de Howe Gelb e incluso participaron en el primer álbum (1995) de la banda de surf y escucha fácil The Friends of Dean Martínez, pero el estreno de su maquinaria como Calexico (“Spoke”, 1997) no permitía sospechar las dimensiones de lo que llegaría justo después. “The black light” no es solo una obra fundacional, sino un viaje en toda regla; un periplo alucinante y hasta un poco alucinógeno, el establecimiento de un lenguaje propio, un universo, un ecosistema. Disco extenso (55 minutos, expandidos ahora con otros 11 cortes adicionales en esta preciosa edición conmemorativa), rico en contenidos (17 piezas), ambiental, lírico y absorbente, “The black light” es un estallido de ingenio, carácter propio y elocuencia. Burns y Convertino acababan de establecer su base de operaciones en Tucson (Arizona), a menos de cien kilómetros de la raya con México, y abandonar la cosmopolita Los Ángeles por la polvorienta franja fronteriza fue una mudanza que acabaría filtrándose en cada poro de la obra. El trabajo se abre con dos instrumentales (luego llegan muchos más), indicio de que aquí el post-rock deja definitivamente paso a la ambientación, la sugerencia e incluso la cinefilia, porque es imposible no visualizar mentalmente imágenes seductoras durante estos fabulosos planeos sónicos. Joey canta a menudo en su registro más grave, cuando no entre susurros. La batería de John es un catálogo pasmoso de matices, y la intersección entre trompetas y guitarras slide, guiños a la música de los mariachis o al spaguetti-western, solo puede crear adicción. “Minas de cobre” es ya un clásico irrepetible, como el final con el elocuente “Frontera”, pero nada como la triste y bellísima “Missing” para certificar el estado de gracia.

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