Siempre he sospechado que ningún recopilatorio o antología de Carole King podría superar a “Tapestry” (1971), acaso el mejor disco de cantautor de la historia. Pero por las mismas me asombra que su antecesor y sucesor, “Writer” (1970) y “Music” (1971), hayan quedado tan difuminados en la temible nebulosa de los tiempos. En el segundo de ellos figuraba “Growing away from me”, una canción tan enorme que cuesta creer que arrastre con casi medio siglo de anonimato. Y el primero, este debut en solitario de una mujer que llevaba rubricando exitazos para otros desde casi la adolescencia, porque cualquier ser humano del planeta daría un brazo por una docena de títulos así. Entre ellos, las lecturas de “Goin’ back”, que habían estrenado The Byrds, y “Up on the roof”, página inmortal para The Drifters. Pero Carole, que entonces tenía 28 añitos y una década larga de trayectoria junto a Gerry Goffin, se desataba con las crudas guitarras de ¡Danny Kortchmar! en la apertura, la sensacional “Spaceship races”, y regresaba a la electricidad en ese “Raspberry jam” que parecía un coletazo de las sesiones de “Astral weeks”. Es difícil sonar tan campestre como en “To love” o componer una balada de la delicadeza de “Eventually”. Y nadie le hizo el menor caso a este álbum, rehabilitado solo cuando unos meses más tarde “Tapestry” se erigió en fenómeno para la historia… y relegado nuevamente al ostracismo, por más que asombre un olvido así. Algún día haremos justicia a estas grandes mujeres (Carole, Joni, Carly) capaces de brillar, con talentos pasmosos, arrolladores, en un mundo aún más masculino de lo que sigue siendo ahora.

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