En una banda con tres compositores extraordinarios, era inevitable que se acumularan importantes cantidades de canciones sobrantes. Stevie Nicks (1981) y Lindsey Buckingham (1982) se habían emancipado ya de Fleetwood Mac con sendos estrenos solistas, extraordinario el primero (“Bella Donna”) y pintoresco, por experimental, el segundo (“Law and order”). Christine McVie, siempre más ajena a los caprichos y menos necesitada de alimentar el voraz monstruo del ego, se demoró hasta 1984, cuando los Mac ya habían decretado un cese momentáneo de operaciones tras el relativo fracaso de “Mirage” (1982). Este estreno homónimo también acabó oscurecido, ninguneado y, en último extremo, relegado a las cajoneras de las baratijas. A estas alturas, creemos intuir qué sucedió. McVie era la responsable del mayor número de éxitos estratosféricos en la banda, pero andaba más justa de carisma y de ese punto estrafalario que atribuimos a las grandes estrellas. Para este debut de portada cándida le acompañaban diez canciones a ratos extraordinarias, pero le falló el entorno. Producía Russ Titelman con precisión de cirujano y un equipo, en efecto, frío y eficaz como el trabajo de quirófano. Por eso nos pasamos el disco entero disfrutando de Christine y echando de menos a sus compinches: la brutal base rítmica de Mick y John, la guitarra nerviosa de Lindsey, el pellizco jipi de Stevie. Faltó eso: la tribu, la comuna. El encontronazo. Y quedaron los mimbres. “Got a hold on me” es tan contagiosa y enorme que deberíamos tatuárnosla. La elegancia sagaz de “The challenge”, el guiño sicalíptico de “So excited”, la exquisitez baladística de “Who’s dreaming this dream” y “The smile I live for”, el gancho de “Love will show us how”. Y el aderezo agridulce de lo que debió ser y no se concretó del todo.

 

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